En las reuniones de comunidad lo tienen por un hombre serio. Habla poco y cuando habla, la sala escucha. Esta noche ha sido él quien ha zanjado lo del garaje —dos años de discusiones— con cuatro frases y un silencio detrás. Nadie le ha rebatido. Yo estaba detrás, haciendo como que miraba el móvil, como si fuera una reunión más de las aburridas. En realidad disfrutaba viéndolo ejercer esa autoridad con aplomo, con seguridad, una autoridad que fuera de aquí deja en mis manos.
Lo he visto crecerse. Le pasa cuando algo le sale bien: endereza la espalda, se permite una media sonrisa. Un hombre acostumbrado a que le hagan caso. A resolver, a decidir.
La reunión termina tarde. La gente se dispersa en el portal, buenas noches, hasta la próxima. Él y yo coincidimos en el ascensor como dos vecinos cualesquiera. Las puertas se cierran.
Y algo cambia en él antes de que yo diga nada. Lo noto en los hombros primero, que pierden esa firmeza de la sala. En la barbilla, que baja. En cómo se coloca —sin pensarlo, el cuerpo lo hace solo— un paso por detrás de mí.
No lo miro. Miro los números que suben.
—Lo has hecho bien ahí arriba —le digo.
Un segundo de silencio. Y entonces, en voz baja, esa voz que en las reuniones no existe:
—¿Sí? ¿Lo he hecho bien?
No hay ni rastro del hombre que ha callado a doce vecinos. Lo pregunta de verdad. Necesita que sea yo quien se lo diga.
—Arrodíllate.
Lo hace. En el ascensor, entre dos pisos, se arrodilla sin preguntar cuánto falta ni quién puede abrir en el próximo rellano. Le pongo el tacón contra la pierna, sin apretar, solo para que sienta el peso de quién manda aquí abajo. Lo miro esperar.
—Bésame.
Y se inclina, obediente, ese hombre que hace diez minutos ordenaba una reunión de vecinos crispados y ahora espera a saber dónde le dejo poner la boca. Le hundo los dedos en el pelo, despacio. No lo guío: lo sujeto.
El ascensor sigue subiendo. Falta poco para nuestra planta y él lo sabe, y sabe que si se abren las puertas antes de que yo lo autorice a levantarse, tendrá que vérselas con lo que venga. No se mueve. Confía en que yo controle el tiempo mejor que él.
Le queda un piso. Se lo doy entero.
ScheherezadeDom