El BDSM en las redes o en las redes del BDSM

Esta mañana fidel escribía esto:

«El BDSM cuando hay amor, cuando hay un te elijo y me eliges más allá de los muros del momento, es una experiencia única y potente. Es el ser con-otro en complicidad poniendo con las dinámicas de la relación el mundo patas arriba.»

Lo leí y pensé: claro que sí. Eso existe. Eso es posible. Eso es exactamente lo que promete este mundo cuando se muestra en su mejor versión.

Y ahí está el problema.

Las redes están llenas de ese BDSM. El luminoso, el profundo, el que transforma. Testimonios de entrega auténtica, de epifanías íntimas, de parejas que han encontrado en el intercambio de poder algo que no encontraban en ningún otro lugar. Se lee y se desea. Se desea y se busca. Se busca y se entra. Se entra y se suele salir por la puerta de atrás despeinados y sin cámaras que nos graben.

Y lo que se encuentra con frecuencia no es eso, ni siquiera al principio.

Lo que se encuentra es polémica. Ego. Rencor a media voz. Guerras de timeline. Personas que llevan años en esto y han convertido su antigüedad en tribunal. Personas que acaban de llegar y ya saben exactamente cómo debe hacerse todo. Descalificaciones. Indirectas. Conflictos en el BDSM que flotan sin destinatario claro porque nadie quiere asumir del todo lo que está diciendo pero, a su vez, espera que los demás lo apoyen.

La imagen que construyen las redes del BDSM es parcial. No porque mienta, sino porque selecciona. Muestra lo que brilla y oculta lo que raspa. Como esas fotos en donde el encuadre selecciona lo bello y deja de lado la realidad de lo que rodea. Y esa selección genera una promesa que el mundo real de esta comunidad no siempre puede cumplir.

Llevo trece años observando esto. Y los conflictos en la comunidad BDSM no evolucionan, ni siquiera se solucionan. Se repiten. Con distintos nombres, en distintas plataformas, en distintas ciudades. Pero el patrón es siempre el mismo.

No hace mucho alguien me transmitió que una Ama —con un pasado de peso en el mundo FemDom, de esas que en su momento ocuparon espacio y generaron respeto, que fueron musas o lo creyeron— había dicho de mí que yo no tenía ni idea de BDSM.

No me sorprendió. Me interesó. Quizás tenga incluso razón, porque Yo no sé de su BDSM.

Porque ese comentario no habla de mí. Habla de ella. Habla de lo que ocurre cuando alguien construyó su identidad entera sobre ser la que sabe, la que enseña, la que legitima, y de repente el mundo sigue girando sin pedirle permiso. Cuando aparecen perfiles nuevos con ideas propias, cuando la conversación avanza en direcciones que ella no controla, la única respuesta posible desde ese lugar es la descalificación.

Es un mecanismo viejo. Y es uno de los conflictos más predecibles de esta comunidad.

Y sin embargo no le guardo rencor. La entiendo. Sé lo que hace y por qué lo hace. Trata de seguir viviendo con lo que sabe, y lo que sabe no es poco. Solo que el mundo ya no se lo está pidiendo de la misma manera y, probablemente, ni siquiera la tenga ya en cuenta como a mí tampoco me tiene para seguir girando.

Este no es un mundo fácil. Pasas de ser maravillosa, de ser el espejo en el que otros se miran, a que no te recuerden. De ser un icono, un referente, a ser una pálida fotocopia de luces de candilejas. Sin transición. Sin jubilación honrosa. Sin nadie que te diga cuándo empieza la segunda parte.

Y eso duele. Claro que duele.

El problema no es el dolor. El problema es lo que algunos hacen con él. Convertirlo en autoridad prestada. En descalificación. En la necesidad urgente de recordarle a otros que tú estuviste antes, que tú sabes más, que tú eres la medida de lo legítimo. Como si el tiempo acumulado fuera un título que nadie puede quitarte, aunque el mundo haya cambiado y tú con él, o precisamente porque no has cambiado. Porque cambiaste y dejaste de hacerlo porque creíste haber llegado a la cima sin saber cuántas alturas habían.

Ese mecanismo, repetido durante trece años con distintos rostros, es uno de los motores más constantes de conflicto en el BDSM.

Hay otra categoría que me resulta igual de predecible y bastante más agotadora porque noto el desgaste de los participantes tratando de hacerse escuchar en medio del cacareo general de los tuits: los conflictos a medio ventilar.

Ese me dijo, aquella no me valoró, quién se cree que es, todo dicho a media voz, en alusiones, en indirectas que flotan en el timeline sin destinatario claro. Piezas sueltas de un puzzle del que nadie te ha dado la imagen de referencia. Ese «he dado mi confianza y me han traicionado», «he creído en una persona y ahora me doy cuenta de lo tóxica que era», entre «págame la cena con mi amiga» o «el poder de la mujer ginárquica ante el hombre mediocre» es, a veces, lo confieso, más de lo que mi mente y mi hígado pueden digerir.

Yo estoy en redes un tiempo muy breve. No me entero de las historias previas, de los rencores acumulados, de quién le hizo qué a quién en qué momento. Y no quiero enterarme así. Si tienes algo que decirme, dímelo. Directamente, a mí, con tu nombre. Pero no esperes que yo construya el mapa de tu vida emocional a partir de fragmentos que ni siquiera sé si me conciernen.

Esto no es exclusivo del BDSM, es cierto. Pero en el BDSM adquiere una textura particular porque se mezcla con la narrativa de la vulnerabilidad, del yo me he abierto, del este espacio es de confianza. Y esa narrativa a veces se convierte en coartada. En permiso para dejar los conflictos flotando sin resolverlos, esperando que alguien los recoja, los interprete y tome partido.

El BDSM en las redes es una promesa. Las redes del BDSM, una jaula. Y la mayoría entra sin distinguir una de otra.

ScheherezadeDom

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