Arrodíllate. Parte 2: la investigación

por Alisse

Desde el momento en que me comió el coño arrodillado ante mí en el sofá de la casa, supe que yo debía cambiar. Empezaba a no sentirme a gusto con mi imagen e hice una revisión del guardarropa. Juanjo seguía con sus salidas misteriosas y lo notaba algo más taciturno que en otras ocasiones. Yo dejé de experimentar con él hasta no estar segura de los pasos que tenía que dar.

Me envalentoné buscando formas de contactar con sumisos. Entré en Twitter con un perfil de Ama y empecé a conversar con sumisos. La seguridad en mí iba creciendo. Confesaba que era un Ama novata y que necesitaba aprender, y muchos se acercaron con el propósito de dominarme o de prestarse a que yo aprendiera con ellos, y no me interesó. Yo quería saber cómo piensa un sumiso. Pasé horas chateando con unos y con otros y notaba mi turbación mental y sexual con alguno. Me di cuenta de que necesitaba ese tipo de relación, que me había pasado años encorsetada y ahora se me abría ante mí la oportunidad de ser libre. Y quería vivirlo.

En un almuerzo en donde Juanjo y yo habíamos bebido algunas copas y estábamos animados como hacía mucho tiempo, se me ocurrió sugerirle ir a un sex shop. Nos echamos a reír con la ocurrencia. Le dije que la cama era muy aburrida y que deberíamos buscar cosas nuevas. Él me miró cerrando los ojos y me expresó:

—Me parece estupendo.

Así que sin pensarlo más nos fuimos a buscar una tienda que estuviera abierta. Conforme nos fuimos acercando, empecé a plantearme los objetos que había visto en las webs y en las fotos de Twitter. Iba algo nerviosa quitándole importancia al hecho y destacando que me vendría bien un vibrador.

La dependienta de la tienda salió amablemente al vernos, pero le indicamos que queríamos mirar. Mi corazón se aceleraba y Juanjo se había quedado callado mirando las estanterías de dildos, lubricantes y lencería.

Con fingida inocencia me acerqué a un dildo y le pregunté a la chica:

—¿Esto para qué es? —solté una carcajada.

—Eso es para estimular la próstata —respondió.

—¿Cómo? —le pregunté, y ella me contó.

Juanjo tenía cara de póker. Lo notaba nervioso y algo angustiado. Miraba a la lencería y se apartaba un poco. ¿Sentía vergüenza?

Y di un salto al vacío, me acerqué a él y le pregunté directamente en voz alta:

—¿Te gustaría probarlo?

Juanjo bajó los ojos absolutamente enrojecido.

—¡Qué cosas tienes, Alisse! —dijo tratando de salir de esa incómoda situación—. ¿No veníamos a por un vibrador?

Sentí cierto pudor pero no debía dar marcha atrás.

—Quiero llevarme este estimulador prostático. Ella me ha dicho que el hombre siente un placer muy intenso y quiero que lo pruebes.

Juanjo me miró por primera vez a los ojos desde que entramos al sex shop. Su mirada reflejaba confusión.

—¿A qué estás jugando? —me preguntó en voz baja

Y le solté:

—Quiero que me enseñes.

Se lo dije de forma altiva, algo insegura pero sabiendo que era ese el momento indicado.

Salimos de la tienda y mantuvimos la conversación que se había ido postergando. Le descubrí que sabía que tenía un Ama. Al principio lo negó, pero después de una fuerte discusión lo admitió. Pasaron semanas de incomodidad. Le volví a pedir que me enseñara. Él no acababa de creerme hasta que le enseñé un chat con un sumiso de Twitter. Le dije que iba a quedar con él. Me dijo que se sentía incómodo con la situación. Le dije que dejara al Ama. No hubo respuesta.

No daba su brazo a torcer. Así que avancé con el sumiso de Twitter. Yo no ocultaba mis conversaciones con él, quería que supiera lo que estaba haciendo.

Pasaba mucho tiempo hablando con Daniel. Me resultaba un hombre culto y fascinante. Estaba casado aunque tenía bastante libertad de movimiento por temas laborales e iba a venir a Zaragoza. Informé a Juanjo que iba a quedar con él y entrecerró sus almendrados ojos verdes.

—¿Te gusta que lo haga? —le pregunté.

—Sí —contestó, y dio media vuelta.

Así que me preparé para el día del encuentro. Daniel sabía que yo no tenía experiencia y se prestaba a hacérmelo fácil. Quedamos para conocernos y tomarnos un vino juntos. Hubo sonrisas y miradas cómplices. Me sentí a gusto, era muy sumiso y eso me daba alas. Me sentía cómoda y notaba su atracción sexual hacia mí. Eso era suficiente para mí. Era el primer paso y quería darlo con urgencia.

Al día siguiente, en el hotel, él me abrió la puerta comportándose como un lacayo. Me ayudó a vestirme con el corsé que me había comprado. Me maquilló, me peinó. A mi orden de arrodíllate lo hizo de inmediato. Me pidió permiso:

—¿Señora, me permite lamerle los tacones?

Y sentí que ese era mi lugar. Veía su lengua lamer cada centímetro de mis zapatos de tacón, le tomé la cara y le di un bofetón. Vi la mirada de sorpresa y sus ojos bajos mientras emitía un suspiro.

—¿Puedo hablarle, Señora?

—Sí, dime.

—Parece que se siente a gusto.

—Mucho. Ahora quiero inspeccionar tu cuerpo. Ponte en posición y deja de hablar.

Hizo un gesto y se puso a cuatro patas encima de la cama. Noté la humedad en mi sexo, la ebriedad en mi cabeza, mis músculos tensándose. Busqué con la mirada el guante y el lubricante.

Por fin iba a experimentar cómo era follar a un hombre.

E iba a ser algo extraordinario.

Alisse

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