Cuando el «consentimiento» se convierte en coartada

En redes sociales circula una narrativa que me revuelve el estómago: la pareja «ideal» donde Ella lo tiene en castidad perpetua mientras su pene literalmente se atrofia, pierde capacidad de erección, y él sonríe como si estuviera en el paraíso. Como si la destrucción física fuera la máxima expresión de la dominación femenina.

No lo es.

Hagamos un ejercicio mental: imagina que un sumiso tiene anorexia. Está convencido de que su realización pasa por dejar de comer. Te lo pide, te lo suplica, consiente entusiastamente. ¿Lo alentarías? ¿Celebrarías su adelgazamiento progresivo como prueba de vuestra conexión D/s? ¿Publicarías fotos de su cuerpo consumiéndose mientras él declara que nunca ha sido tan feliz?

Por supuesto que no. Cualquiera reconocería la obscenidad de usar el lenguaje del BDSM para validar la autodestrucción.

Pero cuando se trata de la sexualidad masculina, parece que todo vale. Un hombre pierde capacidad de erección, su pene disminuye de tamaño por privación extrema y sostenida, sufre las consecuencias físicas de no eyacular durante meses o años —que no son pocas ni faltas de peligro—, y la narrativa es: «Mira qué dedicado, mira qué entregado, mira cómo Ella ejerce su poder total».

Imaginad por un momento el equivalente inverso: un Dominante masculino que vendara los ojos de su sumisa durante meses, años, hasta provocarle atrofia del nervio óptico y pérdida progresiva de visión. O que la mantuviera en aislamiento sensorial extremo hasta causarle daño neurológico documentable. Imaginad que celebraran públicamente cómo sus capacidades físicas se deterioran de forma irreversible, y que ambos lo presentaran como prueba de «cuánto poder tiene él» y «cuánto se entrega ella».

Nos llevaríamos las manos a la cabeza. Lo reconoceríamos inmediatamente como abuso, independientemente de cuánto consintiera ella o cuánto sonriera para la cámara.

¿Por qué cuando es al revés nos cuesta tanto verlo?

Como si el daño físico documentado fuera erótico. Como si la atrofia genital fuera un logro.

No. Eso no es dominación. Es sadismo patológico vestido de kink.

La Dominante no es una máquina expendedora de fantasías

Una Dominante real no está aquí para validar cada impulso autodestructivo que un sumiso identifique como «su deseo más profundo». No es una ejecutora de guiones pornográficos masculinos, por muy extremos que sean. Tiene criterio propio. Tiene ética. Tiene responsabilidad. O debe.

Porque el consentimiento no puede ser la única brújula moral.

El consentimiento es el piso, no el techo. Es el requisito mínimo, no la justificación absoluta de cualquier práctica. Una persona puede consentir su propia aniquilación, especialmente cuando está atrapada en dinámicas que refuerzan patrones patológicos, cuando su autoestima está tan dañada que confunde destrucción con devoción, cuando ha internalizado que su valor reside en cuánto puede soportar.

El adicto consiente consumir. El anoréxico consiente dejar de comer. La víctima de violencia doméstica muchas veces consiente volver. Y sin embargo, nadie en su sano juicio diría que ese consentimiento valida el daño.

En BDSM hemos fetichizado tanto el consentimiento que hemos olvidado que consentir algo no lo convierte automáticamente en sano, ético o deseable. El consentimiento es necesario, sí. Pero no es suficiente. Nunca lo ha sido.

¿Qué clase de Dominante quiere destruir literalmente a su sumiso? ¿Qué clase de mujer se excita con el deterioro físico irreversible de otro ser humano?

Llevar a alguien al borde, intensificar sensaciones, jugar con límites psicológicos… eso puede ser erótico, transformador, profundo. Pero empujarlo al abismo, celebrar su destrucción, documentarla como logro… eso es otra cosa completamente distinta.

El sumiso tampoco debe consentir absolutamente todo

Y aquí viene la parte que nadie quiere decir: un sumiso real tampoco es un autómata del «sí, Ama» que consiente absolutamente todo lo que se le proponga.

La fantasía de «llevarlo al límite» pierde toda su carga erótica cuando ese límite implica problemas de salud reales. La atrofia genital no es una metáfora, no es un juego mental: es daño físico. La disfunción eréctil irreversible no es «entrega extrema»: es una consecuencia médica. Las complicaciones de no eyacular durante meses o años no son prueba de devoción: son riesgos para la salud.

Eso no es intensidad. No es rendición. Es destrucción. Y ninguna cantidad de excitación psicológica puede justificarlo.

La trampa más sutil. Cuando él manipula desde la «entrega»

Pero lo más perverso de estos casos no es solo que el sumiso se convierta en cómplice entusiasta de su propia aniquilación. Es que muchos usan esa «entrega extrema» para manipular a la Dominante.

Le hacen creer que esa destrucción es lo que Ella necesita. Que es lo que la hace poderosa. Que es la prueba de su dominio absoluto. Cuando en realidad es él quien necesita ser abusado, quien está dirigiendo toda la dinámica hacia su propia patología, convirtiendo a la Dominante en mero instrumento de su autodestrucción.

Ahí está la trampa: el sumiso que aparenta rendirse completamente pero que en realidad está orquestando todo. Que manipula emocionalmente a la Dominante para que ejecute su fantasía de aniquilación. Y Ella, creyendo que está ejerciendo poder, se convierte en rehén de la patología de él.

Eso no es sumisión. Es manipulación vestida de entrega.

Es él quien controla, quien dirige, quien impone su visión de lo que «debería» ser la Dominación Femenina. Y lo hace desde la posición aparentemente más vulnerable, desde la rodilla, desde la castidad, desde la súplica. Pero no os engañéis: quien define qué es «suficientemente extremo», quien empuja los límites hacia su propia destrucción, quien convierte el cuidado de Ella en debilidad… ese tiene el control.

«Así es como soy feliz». «Solo Usted sabe sacar lo mejor de mí». «Solo Usted me lleva a vivir la sumisión con esta intensidad y entrega».

Frases que suenan a devoción pero que son, en realidad, chantaje emocional disfrazado de halagos. Porque lo que realmente están diciendo es: «Si no me destruyes, no eres suficientemente Dominante». «Si tienes límites éticos, es que no me deseas de verdad». «Si te preocupas por mi salud, es que eres débil».

Dónde está el límite

La Dominación Femenina real implica presencia, lucidez, deseo propio. Implica ver al otro, conocerlo, desafiarlo… y también protegerlo de sus propios impulsos autodestructivos cuando sea necesario.

Porque el poder sin responsabilidad no es dominación: es tiranía. Y la rendición sin discernimiento no es sumisión: es aniquilación.

El límite entre BDSM y manipulación despiadada está precisamente ahí: en la intención y en las consecuencias a largo plazo. El BDSM genuino, incluso el más intenso, debería fortalecer a las personas, no destruirlas. Debería expandir sus posibilidades vitales, no cercenarlas.

Cuando veo casos como estos, veo gente usando el lenguaje del BDSM para validar lo que en cualquier otro contexto reconoceríamos como abuso. Veo gente luciendo sus «logros» como quien exhibe laceraciones autoinfligidas o celebra amputaciones voluntarias.

¿Dónde queda el archimanido acrónimo de SSC (Seguro, Sensato y Consensuado)? ¿O el RACK (Riesgo Asumido y Consensuado con Conocimiento)? Porque parece que nos hemos quedado solo con la C de Consensuado, olvidando convenientemente todo lo demás.

Y si esto incomoda, bien. Porque llevamos demasiado tiempo normalizando barbaridades bajo la bandera del «a cada cual lo suyo» y «todo vale si hay consentimiento».

No. No todo vale. Ni siquiera cuando ambos sonríen para la cámara.

ScheherezadeDom

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