Hay un comentario que me hacen a veces: «Señora, qué amable al contestarme, con la cantidad de mensajes que debe recibir.» No recibo tanto como imaginan realmente. Lo llamativo es otra cosa: los que llegan se parecen mucho entre sí.
Se agrupan en unas pocas categorías. Está el «me dominas, porfis», que pide sin rodeo, como quien le pide la hora a una desconocida en la calle. Está el que llega dejando lo que a él le interesa, a ver si coincidimos, con su lista de gustos por delante. Y está el más elaborado: el que enmascara su propio deseo bajo la fascinación por mi persona, con textos largos y cuidados, a veces tan pulidos que parecen escritos por una máquina.
Las dos primeras se reconocen de un vistazo y no dan para mucho más: se agradece la franqueza y se responde, o no, en un segundo. Quiero detenerme en la tercera, la de los textos largos y cuidados, porque es la que engaña. Bajo la aparente adoración hacia una Dómina y sus fórmulas de devoción no muestran un interés real, sino un soliloquio de lugares comunes que produce extrañeza al verlos reunidos en tan poco espacio de texto. Cambian el tono y el envoltorio, pero debajo hay una misma idea, y no dice lo que aparenta. Se formula como devoción —»¿no cree que la relación funciona mejor cuando ella es lo primero?»—, suena generoso, hasta halagador. Pero mirado de cerca es una petición, a veces una exigencia, y lo que pide no es lo que dice pedir. Los tres tipos, cada uno a su manera, traen un lugar ya decidido para mí y me piden que quepa en él. No me están viendo. Me están colocando.
Esa es toda la cuestión, y conviene decirla pronto, porque el resto se desprende de ahí.
El guión que llega antes que la relación
Hay una diferencia entre querer llegar a ser parte fundamental en la vida de alguien —y que esa persona lo sea en la mía— y que me conduzcan a una posición elegida de antemano, bajo una intensidad y una forma ya prescritas. Lo primero es legítimo y natural; lo segundo ya no es entrega sino un guión, y el guión llega antes que la relación que podría justificarlo.
Quien trae ese guión no pregunta quién soy. Da por hecho quién debo ser. Trae un ideal ya montado —la Dominante que lo es todo— y espera que yo encaje en él. El vínculo, si empieza así, nace cerrado: no hay nada que descubrir, solo un molde que cumplir.
Y esto, que parece un asunto del FemDom, no lo es. Ocurre en las parejas que se enamoran de una idea y piden a la persona que la sostenga. En las amistades que reclaman un papel que nunca se acordó. Hay quien conoce individuos y hay quien busca actores para un personaje que ya existe en su cabeza. La diferencia entre ocupar un lugar en la imaginación de alguien y ocuparlo en su realidad es una de las líneas que separan una relación de su simulacro.
Valor y derecho
Uno no decide ser importante para alguien; lo comprueba después, cuando mira atrás y advierte que algo cambió por el camino. Ser importante se construye a base de tiempo y de confianza, y por eso no pertenece al terreno de la fantasía sino al de la historia, al recorrido que uno hace con otra persona. Es un resultado, y como todo resultado, solo se conoce con el tiempo.
La prioridad que estos mensajes reclaman funciona al revés. Se plantea al principio, como condición, antes de que exista historia alguna, sin saber siquiera si encajamos, si compartimos deseos y gustos, si hay entre los dos esa retroalimentación que sostiene un vínculo. No pertenece a lo vivido sino al proyecto: al plan que alguien trae escrito y en el que me ha asignado un papel sin haberme conocido. Me atribuye un valor —el de ser lo primero— y lo convierte en un derecho suyo: el derecho a que yo lo ocupe. Se disfraza de generosidad cuando en realidad es una manera de decidir por mí qué lugar tengo que tener.
La inversión silenciosa
Cuando alguien decide de antemano que yo debo ser prioritaria, aparenta ceder. Se ofrece, habla de entrega. Pero antes de ceder nada ha fijado las condiciones bajo las cuales su entrega tiene sentido: me someto, siempre que la relación tenga esta forma. Y ese «siempre que» lo cambia todo, porque quien pone las condiciones dirige, aunque las formule de rodillas.
El objeto lo ha elegido él. El ritmo, el desenlace, la imagen mía que necesita. Yo solo tengo que habitarlo, como se viste a un maniquí y se lo coloca en una postura concreta en el escaparate: la ropa la elige otro, la pose la decide otro, y a nadie se le ocurre preguntarle al maniquí. Está ahí para que quien pasa por delante vea lo que quería ver. En ese intercambio no ejerzo ninguna autoridad; sostengo una fantasía que no escribí. Se ve con claridad en quienes insisten: escriben «anoche soñé con usted» y vuelven, aunque yo no conteste. No es persistencia hacia mí, sino hacia la escena. Podría ser cualquier otra mientras cumpla la función.
Eso no es sumisión. Es una demanda que ha aprendido a vestirse de sumisión.
El coste
No sé si alguien alcanza a imaginar lo que cuesta tener respuesta para tanta demanda. No se trata de dejar de contestar, ni de ser descortés, ni de convertirse en una borde a secas. Se trata de leer una y otra vez el mismo reclamo de pavo real que, en el fondo, esconde un grajo.
No es un drama tampoco, lo sé. Pero es un desgaste pequeño y continuo, a la manera de esa gota que cae siempre en el mismo punto de la conocida tortura china: no hace daño una vez, lo hace de tanto repetirse. Cuando alguien ya ha decidido qué lugar debo ocupar, todo lo que hago se mide contra ese ideal: un silencio se lee como distancia, una respuesta breve como frialdad que hay que reconquistar, una ausencia como prueba de que el vínculo flaquea. Dejo de ser una persona con sus tiempos y paso a ser una figura a la que se vigila para comprobar si cumple. Ese desgaste tiene su forma más nítida en quien ofrece un vínculo a ratos, encajado entre los huecos de otra vida. Sin deseo real de por medio, solo una cortesía que se va gastando.
El envoltorio cambia y el peso es el mismo. Hay quien escribe para mí, y su texto vale por sí solo, fuera para quien fuera. Y hay quien escribe para obligarme a recibir: el verso no es un regalo sino un cobro, una forma educada de reclamar mi atención y mi respuesta a la altura de lo dedicado. Lo segundo cansa aunque venga en verso, porque el verso no cambia la naturaleza de lo que pide.
La imagen que circula del FemDom es la de una mujer servida. La real, muchas veces, es la de una mujer trabajando: sosteniendo el anhelo ajeno, a la altura de un ideal que otro montó sin preguntarle. Ese esfuerzo no se ve porque no encaja con lo que se supone que es el poder, y sin embargo es una de las razones por las que tantas Dominantes, con el tiempo, se cansan de ciertas dinámicas. No por falta de deseo, sino porque han pasado, sin darse cuenta, de dirigir a servir.
Lo que sí quiero
Sería fácil cerrar aquí, con la queja ordenada y el culpable señalado. Pero hay una vuelta que me obliga, porque esto no es un defecto del rol sumiso. Es lo que ocurre siempre que alguien reclama un lugar que todavía no existe, y una Dominante puede hacerlo exactamente igual: exigir ser el centro desde el primer día, confundir el mando con el derecho a ocuparlo todo, colocar su guión sobre alguien a quien aún no ha conocido. El mecanismo es idéntico y no mejora por venir del lado que dirige.
Y existe incluso lo contrario: mujeres que disfrutan de que las coloquen, que se reconocen a gusto en esa imagen fijada de antemano, en el espejo que les devuelve exactamente la Dominante que quieren proyectar. Tampoco lo juzgo, y sería otra entrada. Solo apunto que una posición construida sobre la fantasía, y no sobre una historia, rara vez llega muy lejos.
Queda entonces la pregunta que de verdad importa. Si no quiero que me asignen un lugar, ¿qué quiero?
No que me nieguen la prioridad. La diferencia no está en el deseo sino en el origen: una cosa es querer llegar a ser importante, algo que se gana en el trato, y otra creer que ese lugar te corresponde de entrada, reclamado antes de empezar.
Conviene aclararlo, porque es fácil leer todo esto como un reproche a quien escribe, a quien desea, a quien se ofrece. No lo es: también llega, de vez en cuando, quien dice lo que le mueve, se pone a disposición sin dar nada por hecho, y cuando le respondo que no busco a nadie lo recoge a la primera y se retira con la misma cortesía con que llegó. Ese no pesa, por mucho que desee. Lo que distingue un caso de otro no es cuánto se desea, sino si se respeta que al otro lado hay alguien que aún no ha dicho que sí.
Lo que quiero, en el fondo, es lo contrario de que me coloquen. Que me miren: que alguien tenga la paciencia de averiguar quién soy antes de decidir qué lugar debo tener, en vez de traer el lugar ya decidido y pedirme que quepa. Porque se puede ocupar un puesto enorme en la imaginación de alguien y no existir en su realidad.
No me está viendo. Me está colocando.
ScheherezadeDom