Femdonia: cuando su jefa lo reclamó, lo doblegó y lo marcó como suyo

Por slipper

Al día siguiente de aquella memorable azotaina que le propinó su compañera y jefa no pasó absolutamente nada, ni le dijo nada, ni hizo ninguna referencia al tema ni nada por el estilo, y así ocurrió en los siguientes días. (Quien no conozca cómo empezó todo, puede leer la primera azotaina en el archivo de Femdonia.)

A las dos semanas del incidente, cuando llegó a su trabajo (diez minutos antes de su hora, como siempre; la azotaina había causado efecto), le dijo su superiora:

—Prepárate, que la semana que viene nos tenemos que ir a la capital. Es un viaje en autobús, y estaremos allí dos noches y tres días para hacer unos cursillos. Se hace por parejas de compañeros de trabajo, y tú y yo nos vamos juntos. Salimos el martes a las ocho de la mañana.

—Anda, qué bien, me alegro de hacer los cursos contigo.

—Yo también me alegro. Tú y yo tenemos cosas pendientes…

Ramón se quedó petrificado y encantado a la vez; además, ella lo miró de forma firme y directa, con una leve sonrisa casi imperceptible y un brillo especial en sus ojos.

Llegó el martes y se vieron en el lugar indicado desde donde salía el autobús. Todos los asistentes eran funcionarios, la mayoría mujeres, y los pocos hombres que iban lo hacían subordinados a una mujer que ejercía de jefa de equipo; digamos que eran 20 parejas, 5 de ellas mixtas, y las otras 15 compuestas por mujeres, donde también se repartían el puesto de jefa y subordinada.

Hacía un frío de mil demonios que calaba hasta los huesos. En cuanto abrieron las puertas de las maletas, Ramón cogió la de su jefa y la suya y las metió en el autobús. Ella lo estaba esperando junto a la puerta del bus y le hizo una señal para que acudiera junto a ella; solo así pudo colarse delante de otras mujeres, de otra manera hubiera sido impensable. Ella lo esperó como se espera a una mascota, le indicó con la mirada que se situara detrás de ella y subieron al bus, caminó hasta el final del todo, y allí comenzó a sacarse su abrigo, pero fue él quien se lo quitó, y se lo colocó en las repisas que hay encima de los asientos. Se quitó el suyo y se dispuso a colocarlo junto al de ella, pero Pepi le dijo:

—No, el tuyo no, con el tuyo nos taparemos, que hace mucho frío aquí dentro todavía. Pasa para la ventana, que a mí me gusta el pasillo.

Pasó con su abrigo en las manos, y cuando ella se sentó a su lado se taparon hasta el cuello. La calefacción no funcionaba bien, y allí hacía casi tanto frío como en la calle. A Ramón le gustó que Pepi se pegara a él, sentir su fuerte pelo rizado sobre su cara. Apoyó su hombro sobre su cabeza y se le arrimó aún más, tanto que una de sus tetas rozaba su brazo izquierdo; más que rozarlo, se aplastaba contra él, y él lo notaba duro y turgente, pese a la ropa que llevaban puesta.

Cuando el autobús empezó a andar, ella se volvió a acomodar metiendo su brazo derecho entre el cuerpo y el brazo izquierdo de Ramón, es decir, lo llevaba cogido, como si quisiera que no escapara; eso era lo último que él hubiera hecho en el mundo en aquel momento, y más aún cuando vio cómo metía su mano izquierda bajo su abrigo y le echó mano al paquete, que ya con el restregón de la teta se estaba desperezando de su letargo matutino. Le dio un buen apretón sobre la suave tela de sus dockers y le preguntó:

—¿Me has estado cuidando esto como te dije?

—Je, je, ¿eh? Sí, sí, claro que sí.

—Ya lo veremos… Por cierto, ¿quién es la rubita esa con la que estabas hablando en la parada?

—La conozco de la academia, estudiamos juntos la oposición…

Entonces le dio otro buen apretón en los huevos y le dijo:

—Te he preguntado que quién es, no dónde la conociste.

—Auuuuuuuuuu, se llama Marta, es una buena chica, ella también es subordinada, viene con su jefa.

Otro apretón, esta vez con un poco de giro, cayó sobre sus partes.

—¡Me da igual que sea buena chica! A mí no me gusta, y no quiero que te acerques a ella en todo el viaje, ni por supuesto que le dirijas la palabra. ¿Está claro?

—¡AHHHHHHHHHHHHHH! Auuuuuuuuuuuuuuu, sí, sí, lo siento, no te preocupes, lo siento, auuuuuuu.

Algunas cabezas del autobús se giraron para ver a qué se debían esos quejidos. Ramón se avergonzó y Pepi ni se inmutó, volvió a acariciar el ya voluminoso paquete de su compañero y sacó la mano, le agarró la cara por la barbilla y le dijo «mírame», y después lo besó, un beso salvaje, le comió toda la boca de manera concienzuda, lo penetró con la lengua repetidamente, aquella lengua era una víbora descubriendo territorio desconocido, con ansia; fue un beso para marcar territorio, como diciendo «este es mío, que no se acerque ninguna loba, que este cordero tiene Ama». Ese mensaje le quedó clarito a todos los que más o menos presenciaron la escena.

Acabó el beso, y la erección de Ramón se salía del pantalón, y entonces su nueva dueña le dijo:

—Ahora vamos a dormir un poquito, que el viaje va a ser duro.

Llegaron a la capital y la jefa de la delegación repartió las habitaciones entre todos los funcionarios; ni que decir tiene que Pepi eligió una habitación doble con Ramón, al que mandó con las maletas mientras ella se ocupaba de ultimar algunos detalles en recepción.

Minutos más tarde entró a la habitación, que estaba entreabierta; al entrar la cerró y se fue directamente a por su compañero, le echó los brazos por el cuello y le pegó un morreo que lo dejó sin sentido. Fueron caminando y besándose por toda la habitación, tropezando con sillas y muebles, hasta que empujó a Ramón a la cama, cayendo ella encima. Le besó el cuello, se lo mordió, y de repente se separó un poco de él y le dijo:

—Baja a recepción, necesitan otra vez tu documentación por no sé qué problema. Tienes cinco minutos para volver. Aquí tienes mucho que hacer, ¿lo sabes, no?

—Lo sé, y estoy deseando…

Se levantaron de la cama y Pepi se descalzó sus zapatos, y cuando Ramón pasaba por su lado para bajar a recepción le dio un buen azote en el culo y le dijo:

—No me hagas esperar, voy a ponerme cómoda.

—Sí, cielo, no tardo nada.

Efectivamente, Ramón apenas tardó cinco minutos, pero cuando ya estaba en el pasillo de su habitación se encontró de sopetón con su antigua compañera Marta, que estaba intentando entrar a su habitación con su jefa. No podían abrir la puerta y le pidieron ayuda; él no supo decir que no, pese a la tajante orden de su Señora de que ni media palabra con la «rubita», pero, claro, no podía ignorar la petición de una jefa, aunque no fuera la suya. Entonces, visiblemente nervioso, intentó meter la tarjeta en la puerta, pero aquello no abría. Entonces las mujeres le pidieron que llamara a su habitación e informara de la incidencia, a ver si las podían ayudar, pero Ramón, para no ser descubierto por Pepi, se ofreció a bajar él a recepción, a lo que ellas accedieron gustosas. Ni siquiera tomó el ascensor, se lanzó escaleras abajo, y mientras bajaba pensaba que iba a ser peor, ¿por qué le pasaba esto a él…? Llegó a recepción, pero había gente; Ramón solo pensaba en la paliza que se estaba ganando, y además a pulso. Por fin informó de la incidencia, y volvió a subir como un galgo las escaleras, informó a las dos mujeres de que ya venían a solucionarlo y se fue con la lengua fuera a su habitación.

Entró, y allí, al fondo, estaba sentada su jefa, su amor, su Señora, su Ama, su Diosa. Se había cambiado de ropa, ahora solo llevaba unas sugerentes medias, un fino vestido floreado por encima de las rodillas y unas cómodas zapatillas… curiosamente eran las mismas zapatillas con las que había sido castigado en el archivo. No daba crédito, pero pronto salió de sus elucubraciones, cuando el severo tono de Pepi le dijo:

—¿Se puede saber dónde estás metido?

—¿Eh? Ah, sí, es que había gente en recepción y no me atendían.

—¿No me estarás mintiendo, Ramón?

Ramón empezó a tragar saliva, le empezaron a sudar las manos, se sentía fatal por haber mentido a su Ama, lo hizo sin apenas darse cuenta, no quería hacerlo, pero tampoco quería que supiera del incidente con la rubia y su jefa. Se quedó como un pasmarote mirándola. Pepi estaba sentada con las piernas cruzadas y una de sus zapatillas balanceándose a punto de caer.

—¡Ramón, te he hecho una pregunta!

—Lo siento, Señora, cuando volvía a la habitación me he cruzado en el pasillo con Marta y su jefa, que me han pedido ayuda porque no podían abrir su habitación, y me he visto obligado a ayudarlas bajando a recepción. De verdad que lo siento mucho.

Pepi descruzó su pierna y se echó hacia delante en su silla y dijo:

—¡Me has mentido, Ramón! ¡PLAAAFFF!

Un fuerte bofetón cruzó la cara del hombre.

—Lo sient…

—¡PLAAAFFF! ¿Has hablado con Marta, Ramón?

—Solo hemos…

—¡PLAAAFFF! ¡PLAAFFFFF! ¡CONTÉSTAME!

—Sí, Señora.

—¡PLAAAFFF! ¡PLAAAFFFFF! ¡PLAAAFFFF! ¡PLAAAFFFF!

Hasta ocho tremendos bofetones le cayeron a Ramón, todos en la misma mejilla, le pusieron la cara como un tomate, pero esto no había hecho sino empezar. A Pepi le cambió la cara, y en su rostro se dibujó un rictus de severidad que daba miedo, sus ojos verdes de gata centelleaban, y sus labios apretados no auguraban nada bueno para su pobre compañero, que vio cómo, dando una pequeña patadita, se sacó su zapatilla, que quedó en medio de ambos, y le dijo:

—¡Dámela!

Ramón, aún de rodillas en actitud de súplica y de perdón, la cogió del suelo y se la ofreció, y antes de que pudiera darse cuenta recibió un enorme zapatillazo de nuevo en su maltratada mejilla. PLASSSSSSSSSSSSSSSSSSS.

—¡Quítate los pantalones, y los calzoncillos!

El enfado iba in crescendo.

(Continuará.)

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