La sumisión masculina no desaparece aunque la ignores. Lo sé porque llevo una década escuchando a hombres que lo han intentado. Si llegas desde la entrada anterior, ya te has reconocido en algo. Esta es la pregunta que viene después.
Cuando alguien me contacta a través del blog de manera educada —para comentar una entrada, para presentarse, para hacer una pregunta— suelo invitarle a que me cuente algo: cómo llegó hasta aquí, cómo descubrió su sumisión masculina, qué le trajo a buscar lo que busca. Lo hago porque me interesan las personas que tienen algo que contar. Y porque después de una década escribiendo sobre Dominación Femenina en este blog, lo que más me ha servido en mis reflexiones no son los libros, ni los talleres, ni las teorías, sino esas conversaciones.
Qué sienten los hombres sumisos: testimonios reales
r. es uno de ellos:
«Realmente lo primero que fui experimentando fueron las tendencias fetichistas, ya bien entrado en la adolescencia y en cuanto las chicas empezaron a significar algo más que ‘el bando opuesto’. Fui notando que no me fijaba en lo mismo que mis amigos. A medida que iba creciendo, noté que toda la confianza y seguridad que sentía cuando hablaba con hombres se desvanecía cuando lo hacía con mujeres. Fui teniendo mis primeras novias y esta conducta se reafirmaba, nunca tomaba la iniciativa. Mantuve relaciones más o menos estables, si bien nunca llegaron a cuajar, quizá por la frustración generada por no querer o saber aceptar ciertas cosas de mí mismo. Cuando por fin decidí explorar esos sentimientos, me encontré con un mundo hostil, lleno de gente que se aprovecha para hacer negocios o que parecen tener un odio que no parece muy sano.»
Muchos llegan aquí preguntándose si son sumisos, si lo que sienten tiene nombre, si es normal. Si has llegado hasta aquí es probable que te reconozcas en algo de lo que acaba de describir r. Quizás no en los detalles, pero sí en lo esencial: llevas tiempo con algo que pensabas que se iría solo. Y no se va. Y, es más, hay momentos en que se incrementa, se convierte casi en una obsesión que induce al movimiento y tratas de contactar con alguien que te entienda y con quien poder al menos compartirlo si no vivirlo.
Por qué la sumisión masculina no desaparece con el tiempo
La sumisión masculina no es una fase ni una fantasía pasajera. Ninguno de los hombres que me han escrito o hablado conmigo describe haber superado la sumisión. Lo que describen son periodos de silencio, de darle la espalda, de focalizar su deseo en otros objetivos. Años sin práctica, no siempre porque no quieran sino porque no pueden: porque no encuentran Ama, porque están casados y la mujer puede saber de sus inclinaciones e ignorarlas, porque ellas no se identifican en el rol de Ama. Intentos de conciliación con una vida que no tenía espacio para esto. Pero ninguno habla de que desaparezca ese impulso. No desaparece.
Tengo muchos testimonios, algunos tremendos. Uno de ellos describió su proceso así: intentó encerrar su sumisión «en el cuarto más oscuro de su mente para ver si así se moría» como le sucedió al pobre Samsa —la referencia a Kafka no es casual, hay algo de esa misma angustia en quien intenta negar lo que es. No se murió. Sobrevivió a años de vida desordenada, a la distancia, a una relación que terminó. Y al final llegó a esto: «Desde ese preciso instante, tenga una relación o no la tenga, el sumiso que hay en mí perfecciona mi vida todos los días que de ella me quedan.»
No depende de tener pareja. No depende de practicar. Tampoco depende de si se ha podido desarrollar en real, y si se hizo, de si la experiencia fue buena o mala. Existe.
Otro lector llegó a este blog escribiendo «sumisión hombres» en Google. Tiene 48 años, es mexicano, lleva toda su vida adulta ejerciendo de dominante. Y escribe para contarme que hace veinticinco años hubo una mujer —una maestra, él era becario— que lo dominó de una forma como nadie lo había hecho antes ni después. Lo recuerda todo con precisión: la cola de la cafetería, la mirada que lo domó, la palabra clave que habían acordado, la bofetada, besarle la mano. Veinticinco años llevando una vida entera dominando. Y sigue buscando un Ama.
No se va. Puede pasar un cuarto de siglo. Puede haber construido una identidad dominante encima. Sigue ahí, esperando. Como algo latente que cuando se cruza con alguien determinado se vuelve a activar.
¿Es la sumisión algo innato o aprendido? El origen no importa tanto como crees
Muchos hombres sumisos que llegan aquí se hacen esta pregunta. Es comprensible —cuando algo te acompaña desde siempre y no encaja con lo que se supone que debes ser, quieres entender de dónde viene.
La respuesta honesta es que no lo sé. Saber si tu deseo tiene origen en la infancia, en tu historia afectiva, en patrones conductuales adquiridos o en cualquier otra explicación no cambia lo que eres ni lo que sientes. Lo que importa es lo que haces con lo que eres.
Lo que sí puedo decirte, desde años de observación desde el polo opuesto, es esto: uno puede decidir vivir la sumisión o no hacerlo. Lo que no puede elegir es ser sumiso o no serlo.
jm lleva años en una relación D/s real y convive con su Ama. Lo describe así: «Para un sumiso adorador y admirador del ser femenino, cuando ve los pies de su Ama envueltos en unos pantis, unas bonitas medias o totalmente desnudos, sus ojos se iluminan, sus deseos de lamerlos y acariciarlos lentamente le inundan. Es un sentimiento que nace desde dentro, una atracción animal irrefrenable. Y es así porque esos pies pertenecen a su Ama, nada más.» No lo eligió. No lo construyó. Lo reconoció. Y lleva años viviéndolo con la misma intensidad.
Esta es la primera parte. En la siguiente entro en lo que más me preguntan: el mundo donde intentas expresar todo esto y por qué tan pocas veces funciona.
ScheherezadeDom