Cómo saber si eres sumiso

Hay hombres que llegan aquí sin saber exactamente por qué. Han buscado algo, han encontrado esto, y ahora están leyendo con una mezcla de curiosidad y una incomodidad que prefieren no examinar demasiado pero siguen leyendo. Eso ya dice algo. Algunos llegan aquí buscando algo que intuyen y necesitan confirmación, otros incluso, aclaración.

No voy a darles un test. No voy a ofrecerles una lista de rasgos con casillas que marcar. Si buscas eso, no es tu sitio. Lo que voy a hacer es describir. Y si lo que describo les resulta familiar, no será porque yo lo haya acertado: será porque ellos ya lo sabían porque en el fondo se sabe. No necesitan confirmarlo todo. Solo prestar atención a lo que se mueve mientras leen.

Señales de que puedes ser sumiso sin saberlo

No en el sentido de debilidad. No en el sentido del que no sabe decir que no. Sino en el sentido del que, ante determinadas mujeres —no todas, no cualquiera, a veces una en concreto—, nota algo que no es exactamente deferencia ni exactamente atracción. Es otra cosa. Una especie de disposición que aparece sola, antes de que haya ninguna orden, ninguna expectativa, ningún contexto que la explique.

Ese hombre puede ser perfectamente capaz de imponerse en su trabajo, de tomar decisiones, de llevar una vida en la que nadie diría que hay nada fuera de lo ordinario. Y sin embargo, en determinados momentos, con determinadas personas, algo cambia. No lo busca. Ocurre.

Si esto les resulta reconocible, sigan leyendo.

Lo que aparece en la fantasía

La fantasía es el lugar donde menos se miente.

Hay un detalle que casi nunca se nombra: en muchos hombres, lo que aparece primero no es excitación. Es alivio. Algo se relaja. Algo que habitualmente están sosteniendo se suelta. La fantasía no les activa en el sentido habitual —les descansa. Y eso los descoloca más que cualquier otra cosa, porque no encaja en ninguna categoría que conozcan.

Hay hombres cuyas fantasías tienen una estructura constante, independientemente de los detalles que las rodean: siempre hay alguien que tiene el control. Siempre hay una mujer que decide. Ellos están en un lugar secundario que, paradójicamente, es el único lugar en el que se sienten completamente presentes.

No es humillación necesariamente. No es dolor. No es ninguna práctica concreta. Es una dinámica. Una posición. Y esa posición se repite.

La atracción hacia mujeres dominantes: qué significa

No es solo atracción física. Es algo más específico: hay mujeres que les activan de una manera que otras no, y la diferencia no es de belleza ni de edad ni de ningún criterio visible. Es de actitud. De presencia.

Esa respuesta no es sumisión todavía. Pero es su origen.

Han tenido relaciones en las que eso no estaba y algo faltaba. Han conocido mujeres que lo tenían y no han podido explicar por qué las recordaban durante años. No es romanticismo. Es reconocimiento.

El hombre que sostiene todo

Hay un perfil que aparece con frecuencia y que raramente se reconoce a sí mismo en la palabra sumiso: el hombre que decide, que organiza, que guía. El que en su vida cotidiana es el punto de apoyo de otros. El que no delega porque delegar le cuesta más que hacerlo él mismo.

Ese hombre, a veces, fantasea con exactamente lo contrario. No porque quiera dejar de ser quien es. Sino porque necesita, en algún lugar, no tener que serlo.

No es contradicción. Es complemento. Y es uno de los reconocimientos más tardíos —y más nítidos— que existe. Lo he visto muchas veces.

Por qué la sumisión no desaparece aunque la ignores

Hay hombres que llevan décadas ignorando esto. Se casan, tienen hijos, construyen vidas perfectamente funcionales, y el deseo sigue ahí. Quieto. A veces dormido durante años. Despertándose en los momentos menos convenientes.

No desaparece porque no es una fase ni una fantasía de juventud ni el resultado de haber leído algo o visto algo en el momento equivocado. Está antes que todo eso. Los que recuerdan su adolescencia con honestidad suelen encontrarlo ya ahí, sin nombre, sin contexto, sin nadie que les hubiera dicho que existía.

Ignorarlo no lo resuelve. Lo aplaza. Y con los años, el aplazamiento tiene un coste que algunos no reconocen como tal hasta mucho después.

El momento en que algo lo nombra

No suele ser un libro. No suele ser una conversación. No suele ser, siquiera, una experiencia propia.

Suele ser algo pequeño. Una frase que alguien dice sin intención. Una escena en una película que no tendría que significar nada y que, sin embargo, detiene el tiempo dos segundos. Una mujer que en un momento concreto adopta una actitud determinada y algo en ellos responde antes de que hayan procesado nada.

No es un descubrimiento glorioso. Es más parecido a un reconocimiento incómodo. Como cuando alguien describe en voz alta algo que tú creías que solo existía dentro de ti y de repente resulta que tiene nombre, que otros lo sienten, que no eres el único ni el primero.

Ese momento no resuelve nada. Pero separa el antes del después. Porque antes de él se podía seguir ignorando. Después, ya no del todo.

No es algo que te ocurre. Es algo que haces.

Hay una imagen del sumiso como alguien al que le suceden cosas. Que recibe, que aguanta, que espera. Es la imagen más extendida y es la más inexacta.

Lo que ocurre en realidad es distinto: el sumiso participa. Responde. Construye la dinámica desde su lugar en ella. No es pasividad —es una forma de presencia muy específica, orientada, activa a su manera. El que se tumba a los pies de alguien no ha dejado de hacer nada. Ha elegido dónde estar.

Esto importa porque muchos hombres descartan la posibilidad de ser sumisos precisamente porque se reconocen como personas con carácter, con criterio, con vida propia. Como si eso lo excluyera. No lo excluye. A menudo es exactamente al revés.

Lo que esto no es

No es falta de carácter. No es debilidad. No es el resultado de una infancia difícil ni de ninguna herida que haya que reparar. No es una patología. No es tampoco una identidad que se lleve como una etiqueta.

Es una forma de desear. Una forma de relacionarse con el poder —ajeno, femenino, ejercido sobre uno— que en algunos hombres existe con la misma naturalidad con que en otros no existe.

Eso es todo. Y también es bastante.

Entonces, ¿eres sumiso?

Si han llegado hasta aquí y algo de lo que han leído les ha producido esa incomodidad específica que viene de reconocerse en algo que no se ha dicho en voz alta antes, probablemente la respuesta ya la tienen.

No hace falta un Ama para saberlo. No hace falta haber vivido ninguna experiencia. No hace falta el nombre.

Lo que sí hace falta es la honestidad de mirarte sin apartar la vista demasiado pronto.

→ Si lo que describes tiene años, si ha sobrevivido a relaciones, a silencios, a intentos de ignorarlo, es posible que lo que estés buscando no sea confirmar si eres sumiso. Es posible que lo que busques sea entender por qué no desaparece. No es un problema. Es un desajuste con el mundo en el que has intentado encajarlo. Eso tiene respuesta, y está en la siguiente entrada.

ScheherezadeDom

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