Los domingos empiezan tarde. He bajado a por el pan yo misma —él dormía y me ha gustado dejarlo dormir— y cuando vuelvo lo encuentro en la cocina, descalzo, con la cafetera recién puesta y haciendo el zumo de naranja. Lleva puesto solo un pantalón corto. Uno que se le va bajando por el elástico desgastado. Sabe que me gusta que se le deslice un poco y me deje ver el inicio de la raja de su culo. Me encanta mirarlo. Por eso no le dejo que tire ese pantalón cedido y gastado. Ese pantalón es una forma de invitarme, de seducirme, de saber que está dispuesto a lo que yo desee.
—Buenos días, mi Ama.
—Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
—He dormido poco, hace calor. La estaba esperando.
Me había dado cuenta. Dejo el pan en la encimera. No me acerco todavía. Me sirvo el café que ya está listo. Le indico que se dé la vuelta para observarlo. Me gusta su cuerpo, me gusta saber que es mío. Me apoyo en el marco de la puerta y le sigo mirando con la calma de quien tiene toda la mañana por delante. Él lo sabe. Se le nota en cómo se queda quieto, en cómo baja un poco la barbilla, esperando. Le gusta esperar. Lo he entrenado para que le guste, y sabe saborear esa sensación sin impaciencia.
—Ven aquí.
Cruza la cocina y se arrodilla delante de mí sin que se lo pida, porque hay días en que la orden sobra, en que el cuerpo va antes que la palabra. Le pongo la mano en la nuca. El pelo revuelto de dormir, el calor de la cabeza contra mi palma. Le presiono un poco para que se ponga a cuatro patas.
—Hoy no tenemos prisa —le digo—. Voy a degustar el café encima de ti.
Levanta la vista. Sus ojos están llenos de deseo, como deben de estarlo los míos.
Me siento encima y noto la fortaleza de su espalda. Me gusta tomarme el café mientras mi mano va deslizando ese pantalón poco a poco.
Hay mañanas que no son solo para tomar café.
ScheherezadeDom