¡Arrodíllate!

por Alisse

—Se te ha caído la corbata, recógela —le dije secamente, más secamente de lo necesario, señalando su corbata en el suelo del dormitorio.

Juanjo se detuvo extrañado. Me miró con esa expresión entre confusión y otra cosa que aún no sabía nombrar. Dudó. Luego se agachó y la recogió.

—Gracias —dije, y le sostuve la mirada un segundo más de lo necesario.

Hacía tres semanas que había encontrado la libreta. Tres semanas observándolo. Tres semanas leyendo a Scheherezade. Y esta era la primera vez que le daba una orden directa.

Fue un sábado por la tarde, a finales de octubre, cuando vi la libreta asomando bajo el embozo de nuestra cama. Juanjo tenía varias, decía que escribir a mano le ayudaba a prevenir el alzheimer, una chorrada. Nunca me había importado. Hasta que leí: «a mA le gusta el perfume de YSL que le ofrecieron al pasar por la perfumería de El Corte Inglés. Buscarlo para noviembre, su cumple.»

La ira me subió a las mejillas tan rápido que tuve que sentarme. ¿Qué es esto? ¿Quién es mA? Le mandé un WhatsApp: «¿Qué coño te crees que estás haciendo?» Pero una hora después, cuando la rabia se había transformado en algo más oscuro y húmedo entre mis piernas, lo borré.

Llegué a casa antes que él y busqué en las demás libretas. En la tercera lo encontré claro: «mi Ama dice que debo…»

El sonido de sus llaves en la cerradura me heló la sangre. Cerré la libreta de golpe, la metí donde estaba. Esa noche cenamos fingiendo normalidad, mirándonos de reojo, ambos sabiendo que algo había cambiado sin saber cuánto sabía el otro. No sé por qué actué así, a medio camino entre la rabia y la excitación sexual pero estaba paralizada de notar esas sensaciones en mi cuerpo.

Al día siguiente las libretas habían desaparecido.

¿Era posible que mi marido fuera un sumiso? Recordaba alguna broma por su parte en donde me decía que yo tenía formas de Dominatrix, lo que me hacía reír pero nunca me interesé hasta ese momento y me puse a investigar. Lo que me salía era pornografía. Foros patéticos llenos de hombres con faltas de ortografía adorando pies femeninos. Páginas de dominatrices profesionales con tarifas. Nada que encajara con Juanjo.

Hasta que encontré Scheherezadedom.

El tono era distinto. Inteligente. Sin edulcorar. Hablaba de poder real, no de fantasías de látex o dildos descomunales. Leí sobre sumisión como entrega psicológica, sobre la responsabilidad de una Dominante, sobre la diferencia entre pagar por servicios y vivir una relación de dominación. ¿Sería esto lo que estaría viviendo Juanjo?

Y de repente tuvo sentido. El brillo en sus ojos cuando volvía a casa ciertos días. El encerrarse en el baño media hora antes y después de una cita Ese ensimismamiento que yo había confundido con ausencia cuando en realidad era repliegue hacia algo que yo no compartía.

No estaba pagando por sexo, yo sabía que eso no le interesaba. Se estaba entregando a alguien. Y no podía soportar esa sensación.

Empecé a observarlo de verdad. No había patrón fijo en sus salidas. A veces pasaba una semana entera sin nada. Otras veces salía dos días seguidos. Pero cuando recibía el aviso —fuera lo que fuera ese aviso— cambiaba. Se ponía nervioso, expectante, miraba el reloj, era más meticuloso.

Una noche me puse detrás de él mientras lavaba los platos. Recorrí con mis uñas su espalda. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

—¿Qué haces? —preguntó con voz rara.

—Nada —dije—. ¿No puedo tocar a mi marido?

Noté cierta rigidez en su cuerpo. Yo no entendía esa reacción pero estaba seducida con esa actitud tan novedosa.

Fue dos semanas después, otro sábado, cuando todo cambió. Juanjo había salido a ver a sus padres. Yo estaba sola, inquieta, con toda esa energía quemándome por dentro.

Entré en nuestro dormitorio. Abrí su armario. Cogí una de sus corbatas. Azul marino, la que se ponía para las reuniones importantes. La pasé entre mis dedos.

Me miré en el espejo del armario con la corbata en la mano.

Y lo vi claro.

No quería recuperar a mi marido. No quería volver a lo que teníamos antes. Quería lo que esa otra mujer tenía. Su devoción, su entrega, esa parte de él que se iluminaba cuando pensaba en ella.

—Es mío —dije en voz alta mirándome a los ojos.

Lo dije otra vez, más fuerte.

—Es mío.

No era una súplica. Era una declaración de guerra.

Esa mujer tenía con Juanjo algo que yo no sabía que existía. Pero ahora yo lo sabía también. Y no iba a quedarme mirando.

Por eso, cuando dejó caer la corbata en el suelo del dormitorio esa tarde, le dije que la recogiera.

Y lo hizo.

Cuando Juanjo recogió la corbata y me la entregó, algo se encendió en mi bajo vientre. No fue el gesto en sí. Fue la fracción de segundo en que bajó la mirada antes de agacharse. Esa rendición mínima. Ese verlo agachado me subió un calor nuevo, una urgencia por poseerlo.

Me quedé mirándolo mientras salía del dormitorio y tuve que sentarme en la cama. Estaba mojada. Completamente mojada por haberle dicho que recogiera algo del suelo.

No lo entendía.

O sí. Sí lo entendía, pero me daba vértigo reconocerlo.

Esa noche volví al blog de Scheherezade. Ya no buscaba explicaciones generales sobre qué era el FemDom. Buscaba algo más específico: qué se sentía al ejercer poder. Encontré una entrada sobre la mirada de la Dominante, sobre cómo el control no está en los actos sino en la certeza interior de que tienes derecho a exigir.

«El sumiso no obedece órdenes,» leí. «Obedece a quien las da. La autoridad se construye desde dentro, no se interpreta.»

Me quedé pensando en eso mientras Juanjo dormía a mi lado. Desde dentro. No tenía que actuar como una Dominante. Tenía que serlo. Quería serlo, pensaba mientras me masturbaba oyendo su respiración.

Al día siguiente probé algo pequeño.

—Juanjo, tráeme un vaso de agua.

Estaba en el sofá leyendo. Él pasaba por delante camino a la cocina.

—¿Ahora? —preguntó, más por reflejo que por negativa.

—Sí, ahora.

Lo dije sin levantar la vista del libro. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si no hubiera posibilidad de que dijera que no.

Y no la hubo.

Cuando volvió con el vaso y me lo puso en la mano, lo miré a los ojos y dije:

—Gracias.

Esa noche me toqué pensando en su expresión. En cómo había dudado un segundo antes de darse la vuelta. En cómo había vuelto con el agua sin cuestionarlo.

Los días siguientes fui probando. Pequeñas cosas. Pedirle que me alcanzara algo que perfectamente podía coger yo. Que moviera una silla. Que me abrochara el collar.

Y cada vez que obedecía, sentía ese mismo calor entre las piernas.

Una tarde estaba vistiéndome para salir. Me puse unas botas altas que hacía meses que no usaba. Juanjo pasó por el dormitorio.

—Ayúdame con esto —le dije señalando la cremallera lateral de la bota.

Se arrodilló sin pensarlo.

Lo miré desde arriba mientras sus manos subían la cremallera con cuidado. Su cabeza a la altura de mi rodilla, su nuca expuesta, la curva de su espalda mientras se concentraba en el cierre.

Algo explotó dentro de mí. Eran sensaciones completamente nuevas, embriagadoras, que llenaban cada fibra de mi cuerpo dándole tensión, excitación, multiplicando mi propia sensibilidad. Inusual, insólito.

No era ternura. No era gratitud. Era algo oscuro, hambriento, posesivo. Quería que se quedara ahí. Quería poner mi mano en su pelo y mantenerlo a mis pies. Quería que levantara la vista y me mirara desde abajo, esperando mi siguiente orden.

Cuando terminó y se levantó, tuve que contenerme para no empujarlo contra la pared y comérmelo ahí mismo.

—Gracias —dije con voz más ronca de lo que pretendía.

Esa noche no pude dormir. Me levanté, fui al ordenador, volví al blog. Leí sobre sumisión erótica, sobre cómo el poder sexual se retroalimenta, sobre la diferencia entre dominar en la cama y construir una dinámica de autoridad real.

Y entendí que lo que me estaba pasando no era un juego. No era curiosidad ni venganza ni competencia con la otra mujer.

Era descubrimiento puro.

Llevaba ocho años casada con un hombre al que había dejado de desear. Y ahora, viéndolo obedecer, viéndolo a mis pies, viéndolo dudar antes de hablar, lo deseaba con una intensidad que me asustaba.

Pero no era a él a quien deseaba. Era a mí misma en ese rol. Era el poder. Era verme reflejada en sus ojos como alguien a quien había que complacer.

Empecé a cambiar la forma en que me movía por la casa. Más despacio. Ocupando más espacio. Sosteniendo la mirada. Hablando con menos palabras pero con más peso.

Y él lo notaba. Lo veía en cómo me observaba cuando creía que no lo miraba. En cómo se ponía ligeramente nervioso cuando yo entraba en una habitación. En cómo había empezado a preguntarme cosas que antes decidía solo: qué quería cenar, si me parecía bien que viera a sus padres el domingo, si necesitaba algo antes de que se fuera a dormir.

Una noche, mientras veíamos una serie, dije:

—Masajéame los pies, me duelen un poco.— ¿Sería fetichista? pensé.

No fue una petición. Fue una instrucción.

Juanjo giró la cabeza hacia mí. Nos miramos. En sus ojos vi algo que me confirmó todo: sabía exactamente qué estaba pasando. Y estaba esperando a ver hasta dónde llegaba yo.

Subió mi pierna al sofá. —No —le dije—, de rodillas — y se arrodilló en el suelo frente al sofá. Tomó mi pie derecho entre sus manos y empezó a masajearlo en silencio. Yo me recosté contra los cojines, cerré los ojos, y dejé que el calor se extendiera por todo mi cuerpo. Me vacié de mis pensamientos, me dejé llevar por esas manos cálidas. Noté que se acercó a olerlos pero no hizo nada más que acariciarlos.

Esto era poder. Esto era deseo. La mezcla de poder y deseo, deseo y poder que nunca había experimentado antes. Esto era lo que esa otra mujer tenía y yo acababa de descubrir que también podía tener. Que también quería tener.

Que iba a tener.

Cuando terminó con ambos pies, no dije nada. Solo abrí los ojos y lo miré. Él seguía arrodillado, esperando.

Me bajé los pantalones y dejé mi sexo expuesto, abrí mis piernas. Él quedó desconcertado.

—Lámeme —le dije, con una voz que me salió del fondo del estómago, una voz que no hubiera pensado que era mía.

Me lo comió como nunca antes me lo había comido.

Supe que ya no había vuelta atrás.

Alisse

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