El aspecto de lo innombrable: cómo el lenguaje da forma al BDSM

por zorione alegre

Había una vez una niña a la que su padre, un policía muy estricto, le advirtió que si no volvía a casa justo después de clase, la secuestrarían.

La niña no entendía qué significaba exactamente eso de «secuestrar» Preguntó, y alguien le explicó que era cuando un hombre venía, se la llevaba muy lejos, la encerraba en un sótano, la encadenaba y solo la dejaba hacer lo que él quisiera y que además, si eso ocurría, nunca más podría volver a ver a su familia.

Aquello cautivó, extrañamente, a la niña. No sabría decir si fue por la imagen de sus tobillos encadenados, por la figura de un hombre fuerte que la tomaba entre sus brazos y la alejaba de aquella ciudad que nunca le gustó, o por la maravillosa posibilidad de no volver a ver a su familia nunca más. Pero cada noche, antes de dormir, atesoraba con avaricia esa idea. Pensaba en el hombre que vendría a buscarla, en el viaje sin regreso, en el sótano donde nadie podría encontrarla. Y en esa oscuridad imaginaria —en ese lugar inventado entre la amenaza y el sueño—, la niña se sentía, por primera vez, extrañamente a salvo.

Y claro, la niña empezó a andar más despacio al volver del colegio. Caminaba con la mochila colgando de un solo hombro, arrastrando los pies, dejando que el sol de la tarde la alcanzara antes de llegar a casa. Se negaba a obedecer a su canguro, se soltaba de su mano en el centro comercial y miraba hacia todas partes, con la impaciencia de quien espera algo inevitable y maravilloso. Deseaba continuamente que aquel hombre —el que vendría a buscarla, el de las cadenas y el sótano— apareciera ya de una vez.

A veces se sentía culpable, porque en las películas, en los libros y en los telediarios, los secuestradores eran monstruos. Gente sin rostro, sin ternura, que hacía daño. Pero ella estaba convencida de que el suyo no sería así. Ella pensaba que su secuestrador sería fuerte y guapo, que le leería cuentos antes de dormir, con una linterna bajo una manta, y que, aunque la tuviera encadenada, los dos bailarían canciones de La Oreja de Van Gogh, moviendo los pies descalzos sobre el suelo frío del sótano.

Y a ver, la niña sabía que tendría que hacer cosas que le gustaran al secuestrador también. Entendía, con esa lógica absurda que aplicaba a todo, que si iba a vivir con él —en aquel sótano—, tendría que compartir sus gustos. Como hombre, pensaba la niña, seguramente le gustaría hacer todas esas cosas que les gustaban a los niños de su colegio: jugar al fútbol, ver Pokémon y gritar en lugar de hablar. Pero a la niña no le importaba, porque él la tendría encadenada, y ella sería feliz. Y si ella era feliz, era normal que tuviera que ayudar al secuestrador a ser feliz también. Así que en su mente, mientras se quedaba dormida, la niña imaginaba cómo sería complacerlo, como sería aplaudir cuando él metiera un gol, reírse de sus bromas y escuchar su voz fuerte sin asustarse. Y así, la niña creció pensando que ella no iba a ser nunca la novia de nadie, sino la secuestrada de alguien. No soñaba con vestidos blancos ni con promesas eternas, sino con la sensación de unas manos fuertes en sus muñecas, con el vértigo de ser elegida y encerrada al mismo tiempo.

Cuando lo innombrable encuentra su nombre

Pasaron los años, y la niña se volvió una chica. Y aunque no lo era, se sentía ya muy mayor cuando comprendió que lo que durante tanto tiempo había llamado ser «la secuestrada de alguien», otras mujeres —que sentían las cosas como ella— lo llamaban ser «sumisa».

Aprender aquella palabra cambió a la chica. Fue como encender una luz tenue en un cuarto donde llevaba años tanteando a oscuras. Descubrió que existían los «Dominantes» —una palabra que la chica pensó que era infinitamente más hermosa que «secuestradores»—, que había un lenguaje para nombrar el deseo y que, entre esos términos nuevos, el mundo al que ella pertenecía dejaba de parecer tan prohibido.

La chica aprendió lo que era el BDSM, lo que significaba el dolor bonito, el que no hiere, sino que revela, y lo que era la jerarquía, esa coreografía precisa entre «El que guía» y «la que se entrega». Empezó a apuntar esas palabras. Al principio tímidamente, sin saber aún por qué le parecían tan valiosas. Pero pronto las libretas se multiplicaron. Llenó páginas con términos, definiciones y sensaciones. Palabras que la ayudaban a entenderse, a poner orden en el caos dulce y doloroso de su deseo.

El mapa de siete libretas

Hasta la fecha, la niña que después fue chica, ha llenado siete libretas. Lo sé porque están ahora mismo sobre mi escritorio mientras escribo esto, apiladas y con las tapas dobladas.

Tenía diecinueve años cuando aprendí esa otra acepción de la palabra «sumisa«. Veintiuno cuando entendí que lo que buscaba tenía nombre, «D/s». A los veinticinco, descubrí que «pertenecer» significaba que un D podía torturarte solo por placer, y que no siempre lo haría porque hubieras hecho algo mal. A los veintisiete, entendí lo que realmente significaba «sacrificio», no perder, sino «hacer sagrado». Y a los veintiocho he aprendido lo que es la «paz de la esclavitud» y también lo que es «la soledad jerárquica».

Ahora, mientras observo las libretas, pienso que no funcionan solo como diarios. Son un mapa. El registro acumulado de una búsqueda que comenzó muy temprano, cuando aún no tenía palabras para ciertas intuiciones, y que continúa ahora, siendo una mujer que ha aprendido a Entregarse —así, con mayúscula inicial, porque no se trata de un gesto menor. Sé que el recorrido no tendrá cierre. Soy consciente de que no abarcaré nunca todo el campo de significados y significantes que circulan en nuestro mundo. Ni siquiera si llenara mil libretas más. Pero, aun así, me acompaña de forma continua y me convoca una y otra vez la idea de localizar esos vacíos léxicos donde circulan definiciones dispersas, sensaciones, disposiciones internas, configuraciones de poder, estados subjetivos recurrentes que todos reconocemos cuando aparecen, pero que no tienen todavía un término que los fije.

Lingüística de la Entrega

Mi BDSM y el BDSM de la gente que conozco no es un rol teatral, es una orientación relacional completamente estructural. Se filtra en cómo nos relacionamos con el lenguaje y no puedo evitar fijarme en ello. Observo, escucho, recojo fragmentos. Atiendo a conversaciones, relatos íntimos, intercambios informales, intentos torpes de explicación, y detecto regularidades. Veo perífrasis reiteradas, metáforas que se repiten con variaciones mínimas, anglicismos inestables, definiciones largas que intentan atrapar algo que el idioma aún no sostiene. Como lingüista sé que cuando una comunidad necesita decir algo de forma insistente, el término acaba emergiendo. Yo quiero estar ahí, acompañando ese proceso. Me interesan especialmente aquellas experiencias que el «filtro vainilla» vuelve borrosas o directamente innombrables: formas de Entrega que no coinciden con los modelos afectivos dominantes, modalidades de control que no encajan en el vocabulario jurídico ni clínico, vulnerabilidades sanas que la psicología normativa no sabe cómo clasificar.

Técnicamente, mi foco está en la semántica y la pragmática, en cómo el significado se construye en uso, cómo una palabra puede operar por prototipos y no por límites rígidos, cómo nombrar transforma la manera en que alguien se piensa a sí mismo. Sueño con entenderme mejor a través de ese trabajo. Poner palabras es trazar contornos, y los contornos permiten orientarse. Pero también sueño con algo que va más allá de mí, sueño con ofrecer herramientas lingüísticas para que otras personas puedan describirse sin distorsión, reconocerse sin pasar por la norma como filtro obligatorio. Que una palabra funcione como espejo, no como jaula. Que el lenguaje deje de expulsar y empiece a alojar.

Hacia un vocabulario sin márgenes

No quiero producir etiquetas huecas ni acumular jerga decorativa. Aspiro a términos operativos, precisos en su alcance, rigurosos en su formulación, conceptualmente honestos. Palabras que no reduzcan la complejidad de la experiencia BDSM, pero que permitan articular aquello que hasta ahora solo podía rodearse o sugerirse. Ese es mi deseo constante, busco acortar la distancia entre lo que se vive dentro del BDSM y lo que puede decirse con el repertorio terminológico del que disponemos hoy. Que nada quede en los márgenes por falta de nombre. Que el lenguaje no distorsione ni diluya. Un vocabulario BDSM sin ambigüedades innecesarias, sin concesiones al relativismo cómodo, en el que quepan todas nuestras formas de estar y reconocernos.

Recordad que nombrarnos importa porque sin terminología concreta no hay identidad clara, solo intuiciones sueltas. Un término preciso permite verse, pensarse y reconocerse sin ruido ni traducciones ajenas. Para la comunidad BDSM, el lenguaje no debe ser un adorno, sino que debe ser estructura, espejo y punto de encuentro.

Espero poder seguir hablándoos de todo esto, contaros mis avances académicos y mostraros todos los descubrimientos terminológicos que haga.

zori


Cuando leí el texto de zori pensé en algo que casi nunca decimos en voz alta: nombrar no solo describe, confiere existencia. Cuando lo innombrable encuentra su palabra, deja de ser una rareza personal y se convierte en algo compartido, reconocible, legítimo. Cuántas de nosotras pasamos años creyendo que éramos las únicas, hasta que una palabra —sumisa, Dominante, D/s— nos dio carta de naturaleza. La palabra es muy poderosa. Tan poderosa que su ausencia nos condena al aislamiento, y su presencia nos permite, por fin, reconocernos.

ScheherezadeDom

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