Por mi cumpleaños esperaba flores, o algo de la lista que sé que había mirado. Me dio un paquete pequeño, plano, y se quedó de pie, nervioso, mientras lo abría.
Era una agenda. Encuadernada en piel, con mi inicial grabada. La abrí sin entender, y vi que no estaba en blanco: había rellenado los días con su letra. Lunes: colada, plancha, preparar la cena que a ella le gusta. Miércoles: cambiar las sábanas. Viernes, más tarde, con letra más pequeña, cosas que me hicieron levantar la vista hacia él.
—No entiendo —dije, aunque empezaba a entender.
—Es para que no tenga que pedírmelo, mi Ama. —Hablaba deprisa, como quien ha ensayado—. Para que no tenga que pensar en qué necesita de mí. Lo he apuntado yo. Todo. Para saberlo yo antes que usted. Para que su única tarea sea… mirar si lo he cumplido.
Cerré la agenda. Me levanté. Él retrocedió medio paso, sin saber si había acertado o si se había pasado, esa duda suya que tanto me gusta provocarle y que esta vez no había provocado yo.
Es lo más parecido a una declaración de amor que me han hecho nunca. No una promesa de quererme. Un calendario de servirme, escrito de su puño, para el año entero.
Lo agarré del pelo con las dos manos y le hice mirarme.
—Página del viernes —dije—. Esa última línea. Vamos a empezar por ahí.
ScheherezadeDom