Trabajo en unos grandes almacenes. Paso horas de pie atendiendo al público. Los compañeros me consultan a menudo; confían en mi buen juicio. Creen que soy una solterona empedernida.
—¿Sales con alguien?
—No.
Soy de mediana edad. Me conservo bien. Voy a conferencias, al gimnasio, a conciertos con amigas, con amigos, o sola.
—¿Te tomas un café conmigo?
—Claro. ¿Cuándo?
—Cuando acabes el turno.
—Hoy no. Estoy muy cansada.
Creen que iré a casa, pondré la televisión y me acostaré temprano. Es lo que digo. No es así.
Desde hace unos años mantengo un compromiso con un vecino. Acordamos unos días en que pasa por casa a limpiar y hacerme la cena. Cuando llego suele estar terminando algún plato rico y me tiene servida la copa de vino. Me espera en sujetador y tanga.
—¿Qué tal su día, mi Ama?
—Cansada. La fiesta de mañana nos ha tenido al borde de la locura.
Mientras hablamos me da unos guantes de látex. Me gusta inspeccionarlo al llegar, abrirle el culo. Es como empiezo a relajarme. Me descalzo en mi habitación, me pongo el guante, lo unto en lubricante.
—¿Y tú qué tal el día?
—Muy aburrido, mi Ama. Deseando que llegara.
Le cambia el tono de voz cuando le introduzco dos dedos.
—¿Tuviste esa reunión?
—Sí —susurra.
Desde el espejo veo que cierra los ojos.
—¿Te conceden el préstamo?
Los abre.
—Sí, mi Ama. Me lo conceden.
—Estás muy abierto hoy.
—Sí, mi Ama. Como a usted le gusta.
—Perfecto.
Saco los dedos. Me quito el guante, me lavo las manos. Él se coloca el tanga y se reubica la polla, que le sale por un lado.
—Ya podemos cenar.
—Sí, mi Ama. Está todo preparado.
ScheherezadeDom
interesante, por mi parte sobra el atuendo el sum. Lo demás perfecto
¿Sí? A mí es lo que menos me sobra del texto