Cuando empecé a buscar referentes de dominación femenina me pregunté, como se pregunta cualquier dominante, qué quería yo realmente de todo aquello. Encontré lo que encuentra todo el mundo: un catálogo de prácticas, imágenes, fetiches, nombres de técnicas. Lo que se hace, nunca por qué, el cómo pero no el para qué. Estaba delante de páginas FemDom, de perfiles de dominatrix, o iba a fiestas en donde las veía interactuar: ¿por qué actúa así esta mujer? ¿Por qué tan dura, por qué tan blanda, por qué tan desagradable? ¿Por qué esa mujer más que Dominante parece sumisa en sus formas? No había psicología. No había interior. Había escenografía.
Tardé tiempo en entender incluso la diferencia entre Dominante y dominatrix — si era semántica, si era solo terminológica, si importaba. Recuerdo horas de conversaciones, de lecturas. A mí me llegaban preguntas que yo tampoco sabía responder. Nadie lo explicaba con claridad porque a nadie parecía importarle. Lo que importaba era el catálogo.
Así que hice lo que me pareció más lógico: tenía acceso a sumisos y quería entenderlos. Por qué se somete un hombre, qué busca, qué siente. Al entenderles pude entenderme a mí en gran medida. Éramos el positivo y el negativo de la misma foto. Dediqué años a eso. En parte porque era necesario, en parte porque era lo único sobre lo que había algo escrito. La psicología de la sumisión masculina existe como campo, precario pero existe. Y, sin darme cuenta, caí en la misma trampa en la que creo que caemos casi todas: poner a ellos en el centro de la mirada. La psicología de la Dominante, en cambio, es un territorio casi virgen. Y eso dice mucho sobre quién ha construido este mundo y para quién.
Porque hay una paradoja que nadie señala: el FemDom lleva el nombre de la mujer, gira supuestamente en torno a Ella, y sin embargo Ella es la gran desconocida — es más, Ella es la ignorada. Las preguntas que me han hecho a lo largo de los años lo confirman una y otra vez — ¿qué siente una Dominante con el pegging?, ¿qué siente cuando el hombre se arrodilla?, ¿qué le gusta sentir cuando azota? Preguntas legítimas, pero preguntas que revelan un vacío enorme: nadie sabe qué hay dentro de ella porque nadie se lo ha preguntado en serio. O peor: se da por supuesto que lo que hay dentro es deseo de ejercer poder, y punto.
Las redes han terminado de rematar esa distorsión. Lo que circula bajo el nombre de FemDom es en su mayor parte un catálogo construido para consumo masculino: cuerpos sexualizados, poses de poder fabricadas para la mirada ajena, estrategias de sometimiento presentadas como si dominar fuera un oficio de inventiva erótica permanente. La Dominante que aparece en esas imágenes no duerme, no duda, no enferma, no tiene un mal día, no necesita nada. Es una máquina de doblegar voluntades con una vida interior tan estrecha como el encuadre de la fotografía. Es una máquina de hacer arrodillar a hombres que se lanzarían al suelo ante cualquiera que se lo propusiera, si alguna vez salieran de detrás de la pantalla.
No es un accidente. Esa imagen no surge de la observación de mujeres reales que ejercen la autoridad en su intimidad. Surge de la demanda. De lo que un determinado tipo de consumidor quiere ver, quiere fantasear, quiere comprar. El mercado ha construido una Dominante a su medida — ardiente, disponible, centrada en él — y la ha llamado empoderamiento.
El resultado es una confusión que ya nadie se molesta en deshacer. En el imaginario colectivo, mujer dominante, dominatrix profesional y mujer fría o masculinizada se han fundido en una sola figura borrosa. Tres cosas radicalmente distintas colapsadas en un mismo estereotipo, porque a nadie le ha interesado distinguirlas. Lo que no tiene nombre preciso no tiene existencia precisa.
El problema no es solo que esa imagen sea falsa. El problema es que ocupa todo el espacio. Cuando alguien busca referentes de dominación femenina, eso es lo que encuentra. Y lo que no aparece en las redes tiende a dejar de existir como posibilidad imaginable. La mujer que domina desde su intimidad, sin cámara, sin protocolo de escena, sin tarifa, sin vestuario — esa mujer se vuelve invisible. O peor: se vuelve sospechosa de no ser suficientemente Dominante.
Hay un detalle que lo dice todo. Los hombres que buscan entender la dominación femenina llegan a Google con preguntas como «qué quiere una dominante de verdad» o «por qué mi domina pierde interés». Preguntas que deberían tener respuesta obvia si el imaginario disponible fuera honesto. Pero no la tienen, porque el imaginario disponible no fue construido para responderlas. Fue construido para otra cosa.
Lo que las redes han conseguido, en definitiva, es un giro paradójico: han puesto a la Dominante al servicio del deseo ajeno precisamente a través de la imagen del poder. No a pesar de ella. Han tomado la figura que por definición ejerce la autoridad y la han convertido en espectáculo para quien mira. Un maniquí con fusta. Una fantasía con nombre propio.
Y mientras tanto, la pregunta real sigue sin hacerse: ¿qué quiere Ella?
ScheherezadeDom