En la entrada anterior hablé de por qué la sumisión no desaparece aunque la ignores. Hoy quiero hablar de lo que pasa cuando dejas de ignorarla e intentas hacer algo con ella.
Porque ahí es donde la mayoría se encuentra con un muro.
Qué pasa cuando intentas explorar la sumisión y no funciona
Los problemas siendo sumiso no aparecen en la fantasía. Aparecen en el momento en que intentas vivirla fuera de tu cabeza.
r. describió el recorrido emocional que siguió después de sus primeros intentos fallidos con una precisión que reconocerá cualquiera que haya pasado por eso: «El desengaño lleva a la negación, la negación a la frustración, la frustración al enfado y de ahí se pasa a la apatía y el escepticismo. No tengo muy claro si es el orden de los factores, pero al final llega el mismo resultado.»
Ese arco no es un problema de carácter ni de expectativas demasiado altas. Es la respuesta lógica a un mercado que mayoritariamente no está construido para lo que tú buscas.
r. lo explica así: «Volví a intentarlo, esta vez aprovechando las ventajas de las redes sociales. Lo que pensé que iba a ser una buena opción tampoco resultó tan bien. Casi la misma experiencia. O encontraba mujeres que, a la primera de cambio, sin conocernos de nada, ya estaban insultando y diciendo burradas, o, casi peor, me ilusionaba al encontrar alguien que parecía entender y que pudiera ser yo mismo y poder abrirme, y de golpe y porrazo venía el tributo. Quizás tengo una visión idealizada o romántica, pero creo que esto no funciona si no hay la complicidad y confianza necesaria, y eso no se puede lograr con una conversación de 30 minutos o rellenando un cuestionario.»
Eso no dice nada sobre él. Dice algo sobre la dificultad de encontrar lo auténtico en un espacio donde lo falso es más visible, más accesible y más ruidoso.
Los problemas siendo sumiso no vienen de ti. Vienen del mercado
Tú buscas reconocimiento genuino, confianza, algo que se construya. Lo que encuentras es una puesta en escena diseñada para otro tipo de consumo. La diferencia entre las dos cosas es enorme. Y confundirlas —creer que lo que encontraste es todo lo que existe— es el error más frecuente y el más caro.
Hay una imagen muy extendida del sumiso como alguien pasivo, sin criterio, de muy baja autoestima que desea ser humillado indefinidamente. Es una imagen que no se parece a ninguno de los hombres cuyos testimonios he recibido en este blog. Y es precisamente esa imagen la que el mercado vende y reproduce.
Lo que describen los hombres que me escriben es otra cosa: una forma de presencia total. Una atención extrema dirigida hacia otra persona. Una entrega que, paradójicamente, los hace más ellos mismos y no menos.
fidel, uno de mis colaboradores habituales, lo describe así: «Tardé mucho tiempo en darme cuenta que en mi caso horizontalidad y verticalidad no casaban. Y al hacerlo me descubrí viviendo una libertad como no había experimentado hasta entonces, me sentí pleno. Libre. Siendo más yo de lo que jamás había sido antes.» fidel ocupa puestos de liderazgo. No es pasivo. No es un pelele. Es alguien que encontró el modo correcto de habitarse.
Eso es lo que buscan la mayoría de los hombres que llegan aquí. No la humillación por la humillación. No el juego por el juego. Sino un espacio donde poder ser exactamente lo que son sin tener que fingir que son otra cosa.
La culpa de sentirte sumiso
Un lector me escribió hace poco con una honestidad que pocas veces recibo: «Hace algún tiempo que siento esta inclinación sumisa, pero ahora lo hago de una forma muy potente. Me sorprende a mí mismo pero me hace sentir… vivo. Ahora mismo el deseo que tengo de entregarme a un Ama que me haga suyo es poderoso. No sé si cumpliré el perfil de sumiso, pero intentaré avanzar en el objetivo de convertirme en un sumiso real, a pesar de las batallas internas que eso me está generando y que me están haciendo dudar de mi propia integridad moral.»
Vivo. Y dudando de su integridad moral al mismo tiempo. Esa tensión es exactamente donde se encuentran atrapados la mayoría de los hombres que llegan aquí.
La sumisión masculina choca frontalmente con el mandato social de lo que se supone que debe ser un hombre. La masculinidad que nos han enseñado —competitiva, dominante, activa— no deja espacio para el deseo de entregarse, obedecer, ser poseído. Aceptar la sumisión es, en cierto modo, traicionar ese mandato. Y eso activa la culpa.
Pero hay algo más profundo. Algunas prácticas —la humillación, la obediencia, el control— rozan categorías morales que el sumiso ha interiorizado. No porque sean dañinas sino porque las asocia con debilidad, con falta de dignidad, con algo que «un hombre de verdad» no debería desear.
La trampa es que esa moral no es tuya. Es prestada. Y seguir ignorando el deseo para preservarla no es integridad. Es la verdadera traición —no al mandato social sino a ti mismo.
Entonces, ¿qué te pasa?
Nada que necesite cura.
Lo que tienes es un deseo que lleva tiempo esperando el contexto adecuado para expresarse bien. No cualquier contexto —uno real, construido sobre confianza, sobre reconocimiento mutuo, sobre algo que se parece a lo que describes cuando hablas de lo que buscas.
Que hayas tenido experiencias fallidas no significa que lo que buscas no exista. Significa que es difícil de encontrar. No es un problema. Es un desajuste con el mercado en el que has intentado buscarlo. Y merece más cuidado del que ese mercado suele ofrecerte.
Si tienes algo que contar, puedes escribirme.
ScheherezadeDom
Totalmente de acuerdo con la última frase «no significa que no exista. Significa que es dificil de encontrar»