Finfet: cuando tu adicción es su negocio

No escribo sobre finfet porque lo haya buscado o porque no tenga sobre qué escribir. Escribo sobre él porque no descansa. Abro Twitter y está ahí. Cambio de hilo y vuelve a estar. No como tema de debate, no como práctica que alguien defiende o cuestiona con argumentos, sino como ruido de fondo constante, como paisaje por defecto de lo que debería ser una conversación sobre FemDom y poder. El finfet no comparte el espacio: lo ocupa y sus acólitos y practicantes de todo tipo de género distorsionan todo el espectro usando palabras que ya no acaban de tener ningún sentido por manidas: femdom, dominación, poder… Así que, escribo sobre lo que veo.

Esta entrada nació de un hilo concreto. Una practicante de finfet o de findom, o de algo similar, vete tú a saber, respondía a una reflexión sobre el fetiche financiero. El tono era razonable, casi pedagógico. Me resultó pavoroso y repugnante. No a pesar de esa razonabilidad, sino precisamente por ella.


El «pero» que lo administra todo

El argumento tiene una estructura que reconocería cualquiera que lleve tiempo en esto: primero el reconocimiento del daño («es una ludopatía, cogida de la mano de cualquier adicción»), y a continuación la condición que lo redime todo: «pero si das con la persona adecuada.»

El «pero» lo hace todo. Ese «pero» es el eje sobre el que gira un discurso que no niega el problema, sino que lo administra. No dice que el findom no sea una adicción. Dice que la adicción, bien gestionada, puede ser liberadora.

Me pregunto qué cara pondrían en Proyecto Hombre si alguien soltara eso en una sesión terapéutica. Aquí, en cambio, parece que todo tiene cabida: la manipulación, la adicción, la seducción. Y no, me niego a callarme.

Ya sé lo que me van a escribir, ¿eh? ¿Y la libertad? ¿Y si yo quiero voluntariamente esta dinámica? ¿Si me gusta que me extorsionen, me degraden, me humillen y pagar por ello? ¿Quién eres tú para decirme algo a este respecto? Soy una Mujer a quien la ética le parece que es uno de los pilares fundamentales del BDSM. Haz con tu vida lo que quieras «pero» no impongas una norma a partir de los ojos de una adicción.


La manipulación no es el riesgo. Es el producto.

Veamos qué competencias necesita esa «persona adecuada». La practicante lo enumera con naturalidad: que te examine psicológicamente, que sepa entenderte, que sepa manipularte, que sepa gestionarte.

Ahí está. «Manipularte.» En la lista. Sin comillas. Sin distancia. En el mismo nivel que entenderte o acompañarte.

No es un error. No es un desliz de quien escribe deprisa en Twitter. Es la lógica del modelo explicitada sin querer: la manipulación no es el riesgo del finfet, es su competencia central, la habilidad que define a la buena practicante. Y nombrarlo así, con esa tranquilidad, revela que el marco ético que opera detrás no considera la manipulación un problema. La considera una herramienta, incluso más aún, es la finalidad en sí. A través de la manipulación se construye la dependencia, y la dependencia es el negocio.

Cambia el nombre y la imagen se vuelve insostenible: ¿Qué dosis necesitas de heroína? «deja que yo lo sepa y te la voy suministrando» ¿Cuánto tiempo en las tragaperras? «no te preocupes, te enciendo la máquina y te la apago por un módico precio» ¿Cuánto en las apuestas? «Tranquilo, yo te controlo.» Nadie lo defendería. Y el camello también cobra, también te garantiza que te va a dar la mejor droga, también dice que si das con la persona adecuada todo irá bien. La diferencia es que el camello no finge que te está cuidando. Aquí, con otro vocabulario y otra estética, se publica en Twitter un domingo por la mañana.


El terapeuta que cobra por gestionar tu adicción

Lo que sigue en el hilo termina de construir el cuadro: esa persona que te examina, te entiende y te manipula también «evidentemente, como cualquier servicio, saca remuneración.»

Evidentemente.

El adverbio es casi más revelador que la frase. Lo que podría ser una tensión ética —cobrar por gestionar la adicción de alguien— aparece como obviedad, como aclaración menor que casi no merece la pena explicar. El modelo no necesita justificarse porque ya se ha naturalizado. El terapeuta cobra por la sesión. El médico cobra por la consulta. La dominante financiera cobra por gestionar tu ludopatía. Todo es un servicio.

Excepto que un terapeuta no alimenta la patología que trata. Esa diferencia no es un detalle.

Y no es un detalle porque la dimensión de lo que se pone en juego cuando alguien entrega su vulnerabilidad a un Dominante no es menor. Lo escribí hace tiempo en La función terapéutica del Dominante: la transferencia emocional, la idealización, el deseo de ser salvado, la búsqueda de validación constante… todo eso recae sobre el Dominante en una relación D/s real, y puede ser agotador incluso cuando hay vocación, conocimiento y honestidad detrás. No somos terapeutas. Lo sabemos. Y aun así la responsabilidad puede volverse excesiva.

Hay una diferencia entre contener, marcar, estructurar, tensar emocionalmente dentro de un marco claro —eso sí pertenece a una dinámica D/s— y asumir que se puede intervenir en lo que desborda ese marco. Lo primero es FemDom. Lo segundo es otra cosa. Y cuando lo segundo se ofrece como servicio remunerado a alguien cuya relación con el dinero ya funciona como compulsión, el nombre correcto no es dominación. Es predación.

Que ese mismo peso —esa misma vulnerabilidad, esa misma necesidad— se convierta en el producto que se vende no es una versión profesionalizada del cuidado. Es su inversión exacta.


Findom y finfet no son lo mismo, y la confusión no es inocente

El hilo usa los dos términos casi indistintamente, como si fueran variantes del mismo fenómeno. No lo son, y esa confusión importa.

El findom —dominación financiera— es una dinámica de poder en la que el dinero es el vehículo de la sumisión. El control económico es la forma que toma la entrega. Como dinámica, tiene sus lógicas, sus riesgos, sus posibilidades.

El finfet —fetiche financiero— es otra cosa: la excitación no está en la dinámica de poder sino en el acto mismo de dar dinero, en el drenaje, en la pérdida. El dinero no simboliza la sumisión, es el objeto del deseo.

Mezclar los dos términos no es solo imprecisión conceptual. Es el primer movimiento que permite el resto del argumento: si findom y finfet son lo mismo, entonces los marcos del BDSM consensuado se aplican a los dos por igual. Y eso ya no es verdad. Aplicar la lógica del consentimiento informado y el juego negociado a algo que funciona más cerca de un impulso compulsivo que de una decisión libre es, en el mejor de los casos, una ingenuidad. En el peor, una coartada.


Normalizar no es hacer algo bonito. Es hacerlo invisible.

El hilo termina así: «el BDSM es algo bonito, y hay que hacerlo bonito en todos los aspectos existentes.»

Es un cierre extraordinariamente eficaz. En tres líneas, la practicante ha descrito un modelo que explota una adicción mediante la manipulación remunerada, y lo cierra con una apelación a la belleza del BDSM que actúa como operación de limpieza estética. Todo lo anterior queda absorbido, reencuadrado, suavizado.

Lo que hace que este tipo de discurso sea peligroso no es la malicia. Probablemente no la hay. Es la convicción genuina de que todo es compatible: la adicción y la liberación, la manipulación y el cuidado, el negocio y la ética. Esa convicción, articulada con soltura en un hilo de Twitter con tono razonable, es exactamente lo que normaliza.

Y entonces, ¿quién se va ya a plantear que todas las Dóminas no cobran?

Normalizar no es hacer algo bonito. Es el proceso silencioso por el que algo que debería incomodar se vuelve cotidiano, las alertas se apagan y lo que era inaceptable empieza a parecer inevitable.

ScheherezadeDom

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