por Slipper
Tercera y última entrega de la historia de Pepi y Ramón en Femdonia: el castigo con zapatilla que sella su entrega.
—Te aseguro que te voy a dar la paliza de tu vida, no me vas a volver a mentir en toda tu vida. ¡PONTE AQUÍ!
Diciendo esto, Pepi se propinó ella misma un zapatillazo en la pierna que dejó la rojiza suela marcada en la parte superior de su rodilla; tal era su enfado. Esa ira no auguraba nada bueno para el pobre Ramón, que se estaba levantando del suelo para ponerse en el regazo de su jefa. Mientras se acomodaba, le dio tiempo a ver cómo Pepi levantaba el brazo todo lo alto que pudo a la vez que se mordía el labio inferior, y pronto estalló el primer azotazo en su culo. No fue un zapatillazo, fue un estallido, y a ese siguió otro, y otro, y otro más. Ramón, pese a la azotaina que estaba recibiendo, tenía una erección considerable: la postura era inmejorable, tenía el pene metido entre las recias piernas enfundadas en las medias de su Señora, y la erección le hacía palanca contra el muslo izquierdo. Ese roce entre la media y el muslo era superexcitante y habría provocado la corrida, pero los zapatillazos eran tremendos, producían tal dolor que la erección fue bajando.
Ramón empezó a llorar, no pudo evitarlo; eso sí, en silencio. Desde su posición veía un pie desnudo de su amada y el otro metido en la zapatilla, una visión tan deliciosa que se volvió a excitar… pero otra rápida tanda de zapatillazos en la misma nalga volvió a bajarle los humos.
En aquella posición recibió más de cien durísimos zapatillazos. Los chasquidos se oirían, a buen seguro, fuera de aquella habitación, pero eso no importaba a ninguno de nuestros protagonistas en esos momentos.
—¡Levanta! —dijo la mujer a la vez que empujaba y tiraba al suelo a su compañero.
Él la miró desde el suelo, llorando en silencio, mientras ella se levantaba de la silla donde le había propinado aquella terrible paliza. Su cara estaba perlada por el sudor del sofocón de la zurra; él hubiera besado y chupado cada mínima gota de aquel sudor. Estaba cada vez más enamorado, más entregado, hubiera hecho lo que ella le pidiera sin dudarlo. Lo que no esperaba fue la orden que recibió:
—¡Sube a la cama! Ponte de rodillas, a cuatro patas.
Los ojos abiertos y de sorpresa de Ramón no afligieron a su compañera, que, con los brazos en jarras y sin soltar la zapatilla de su mano derecha, le dijo:
—Lo de antes ha sido por tardar mucho. Ahora te voy a pegar por mentirme. Te voy a quitar yo a ti las ganas de hablar con rubitas.
Ramón iba a protestar, pero supo que eso solo empeoraría su situación, así que se fue al lado de la cama, donde le estaba esperando su verduga, que lo acomodó a su gusto: de rodillas, apoyado con las manos, a cuatro patas, para poder seguir con el duro correctivo.
—No quiero que te muevas, y no se te ocurra esconderme el culo si no quieres que termine la paliza en medio del pasillo.
Pepi era muy capaz de llevar a cabo su amenaza, y además estaba disfrutando con la cara que se le quedó a su compañero: primero al saber que la azotaina iba a continuar, y después con la amenaza del pasillo.
PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS
—¿Se me miente a mí, Ramón?
—¡Nooooo, y nunca más lo volveré a hacer, mi Ama!
—¿Mi Ama? Vaya, veo que te ablandas con la mano dura. PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS ¿Es que quieres que sea tu Ama?
—¡AHHHH! ¡AUUU! Sí, Señora, nada me gustaría más en el mundo.
Ramón tenía el culo doloridísimo, pero no podía dejar de admirar cómo su Señora lo azotaba con una elegancia natural que lo volvía loco: tenía la mano izquierda apoyada en la cadera, en jarras, el pulgar hacia atrás y los otros cuatro dedos hacia delante, y por supuesto en la derecha su zapatilla cogida por el talón, que parecía una extensión natural de la mano de lo bien que azotaba con ella. Repartía los azotes por las nalgas, daba también en medio del culo y, en aquella posición de perrito, se cebaba en la parte superior de los muslos, algo que dolía horrores y provocaba alaridos en su partenaire, que tenía que hacer verdaderos alardes para no esconder el culo. Lloraba a lágrima viva.
—Para PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSS que yo PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS sea PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS tu Ama PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS tendrás que PLASSSSSSSSS PLASSSSSS PLASSSSSSSSSSS ganártelo PLASSSSSSSSS PLASSSSSSS ¿no? PLASSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSS
Estos veinte últimos zapatillazos sí que fueron duros, y eso que cada tanda iba a una nalga o a un muslo distinto; pero la acumulación de tanto azote empezaba a hacer estragos.
—¡AHHHH! ¡SÍ, SEÑORA! Buaaaaa, haré lo que me pida mi Ama, se lo juro.
—PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS. Podrías haber empezado por no mentirme, ¿no crees, Ramón? PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS ¡CONTÉSTAME!
—Sí, mi Señora, no sabe cuánto lo siento, lo siento de veras. Auuuuu.
—Todo esto PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS no será PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS una táctica PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS para que no te pegue PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS ¿verdad, RAMÓN? PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS
Pepi sabía de sobra que eso ni se le había pasado por la cabeza a su compañero, pero estaba disfrutando como una enana con aquella paliza-interrogatorio.
—¡Noooo, Señora, se lo juro! Auuuu, se lo juro por lo que más quiera.
En esta última tanda Ramón ya no aguantó más a cuatro patas, y los brazos se le doblaron; eso sí, el culo seguía arriba, dispuesto a seguir recibiendo todos y cada uno de los zapatillazos de su Ama, que no aflojaba ni un ápice. Él se le quedó mirando con la cabeza doblada hacia la izquierda y apoyada en el colchón. Su Diosa volvía a sudar, la frente le brillaba, jadeaba después de cada tanda; veía cómo sus tetas se bamboleaban por debajo del cómodo vestido floreado a cada zapatillazo. Era algo enfermizo: a cada golpe se sentía más suyo. Si cada zapatillazo hubiese supuesto un año, calculaba que sería de ella unos tres siglos.
El culo hacía ya unos minutos que había pasado de rojo a rojísimo, y después a tonos morados; incluso había algunos puntitos como de sangre en una de las nalgas. A Pepi le encantaba ver aquello: era su obra. Le maravillaba comprobar cómo la silueta de la suela de su zapatilla quedaba marcada tanto en muslos como en nalgas. Fue entonces cuando le dio la vuelta a la zapatilla y empezó a pasar la felpa por el culo de su compañero, acariciándolo entero, haciendo círculos. Ramón se sintió tan feliz que rompió a llorar; con el culo bien expuesto y la cabeza en el colchón, lloró de una forma inconsolable, era un grifo abierto, solo acertaba a decir «gracias, Ama», «lo siento mucho». Las caricias pronto pasaron del culo a sus partes: Pepi metió la zapatilla entre sus piernas y acarició tanto los huevos como la polla, que en menos de un minuto se puso a tono.
—Dime una cosa: ¿crees que debería seguir con la tunda, o que ya está bien?
—Lo que haga mi Ama estará bien hecho.
Pepi le dio la vuelta a la zapatilla a la velocidad de un rayo y pasó de acariciar a soltar cuatro tremendos azotazos entre los muslos y el culo. PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSS
—¡Eso no es lo que yo te he preguntado! PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS —otros cuatro enormes zapatillazos cayeron ahora un poco más abajo, sobre los muslos—. Ya sé yo que lo que haga está bien hecho PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS, eso no tienes que venir tú a decírmelo PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS ¿ESTÁ CLARO? PLASSSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSS PLASSSSSSSSSSS
—¡Síííí, mi Ama, lo sientoooo! Buaaaaa.
Lloraba desconsolado. Mil agujas se le clavaban en las posaderas; qué digo mil, un millón. El dolor era insoportable, a veces ni sentía el culo ni los muslos.
Estos últimos veinte zapatillazos acabaron con todas las reservas de Ramón, tanto físicas como psicológicas. Él pensaba que con las caricias de la zapatilla la paliza había terminado, pero con su Ama nunca se sabía: era exigente, no le valían las respuestas manidas, quería sinceridad, entrega, fidelidad, respeto y obediencia absolutas. Y desde luego todo eso lo estaba consiguiendo con una sola paliza. Era verdad que se podía denominar la paliza del siglo, pero de una sola azotaina iba a conseguir eso y mucho más: conseguiría el mejor sumiso del mundo.
—¿Entonces crees que debo o no debo seguir con la tunda, cielo?
—Sí, mi Ama, creo que merezco unos buenos azotes más.
Ni él mismo se creía lo que acababa de decir; su culo no podía soportar ni un azote más, ni siquiera una pluma. Pero en su fuero interno albergaba una pequeña esperanza de que su Ama lo perdonara, le levantara el resto del castigo…
—Muy bien, eso es lo que quiero de ti: respuestas claras y sinceras. Unas veces tendré en cuenta tu opinión, y otras no. Ya sabes quién manda aquí, ¿no?
—Sí, Señora.
—Pues muy bien, por esta vez… te voy a hacer caso, y te voy a dar esos azotes más. ¿Contento?
—Sí, sí, Señora.
Ramón temblaba, no le salían las palabras del cuerpo; su gozo en un pozo.
—Bésala.
Le puso la zapatilla junto a la boca y Ramón empezó a besarla; pese al estropicio que aquel objeto había causado en su cuerpo, la besaba con devoción, sin poder evitar seguir llorando. Sintió el suave y maravilloso olor a pies que se adivinaba en aquella zapatilla de su Ama, que se sentó en el borde de la cama y acarició con la otra mano la cabeza de su subordinado, su compañero, su amigo, su novio, su sumiso, su esclavo, su todo.
—Te daré esos azotes… pero otro día, ¿de acuerdo?
Entonces Ramón se puso de rodillas sobre el colchón y se aferró a su Ama. Aquello no fue un abrazo, fue una entrega del alma; no cabía más gratitud en aquel gesto. Lloró, lloró y lloró; quería agradecérselo a su Señora, pero realmente no le salían las palabras. Pepi por fin sonrió abiertamente al ver aquella muestra de entrega y devoción y, sentada en el borde de la cama, tiró la zapatilla al suelo con Ramón abrazado a ella y se la calzó en chancla a tientas. Aquello sí que suponía el final de la tremenda azotaina.
—Ya vale, cielo, ya. Ya pasó todo, mi niño. Venga, no llores más, ya, ya…
—¡GRACIAS! Buaaaaa.
El llanto era incontenible, por supuesto por el dolor que había causado la zapatilla en aquel cuerpo, pero sobre todo por la gratitud de no continuar con el castigo; eso sí que suponía entrega. Ambos se besaban el cuello, eran besos tiernos y muy eróticos, ambos sudaban, cada uno por un motivo. Tras unos minutos abrazados, Pepi dijo:
—Ve al baño y tráeme un bote de crema hidratante.
—Sí, mi Ama.
Ramón se bajó de la cama con mucho esfuerzo y, haciendo grandes aspavientos por el dolor, se fue desnudo al baño; en cada paso veía mil estrellas, el dolor era casi insoportable, pero intuía lo que iba a pasar después, y eso lo curaba todo.
Efectivamente, cuando regresó a la cama se tendió en el regazo de su Ama, de nuevo aquella posición. Podía ver los pies de su Diosa, ahora sí, en sus dos respectivas zapatillas, en chancla; de buena gana se habría tirado al suelo a oler, saborear y adorar aquellos pies y aquellas zapatillas, pero el plan que tenían previsto para él tampoco estaba nada mal. Se acomodó de nuevo con la polla entre los muslos de Pepi, el roce con las medias era sencillamente delicioso, y más aún cuando sintió un chorro de crema sobre el culo. Aquello era gloria bendita; no estaba fría, estaba gélida, o quizá era el contraste con su culo literalmente hirviendo. El caso es que le provocó un placer inenarrable. Su Ama lo masajeaba con maestría: una nalga, la otra, un muslo, el otro, y vuelta a empezar.
Cuando el alivio fue más que evidente, notó cómo un chorro de crema le caía en la raja del culo, y cómo uno de los dedos de su Señora se aventuraba por aquella raja que dividía en dos el apetecible trasero.
—¿Sabes que tienes un culo precioso?
—Muchas gracias, Señora. Mi culo es suyo, ya lo sabe.
—Ah, muy bien, muchas gracias. Tendremos que quitarle todos estos pelos.
Mientras lo decía le metía uno de los dedos, penetrando el ano sin prisa pero sin pausa.
—Mmmmm, como quiera mi Ama. Cuando quiera me lo depilo.
—Muy bien, buen chico, veo que aprendes rápido. Sabes que, una vez depilado, los azotes te dolerán más, ¿verdad?
—Sí, Señora, mmmm.
La mención de más azotes y el dedo que se metió hasta el fondo provocaron en Ramón un gemido y una erección casi simultáneos.
—Vaya, parece que te gusta lo que oyes —dijo Pepi al sentir la presión de la polla sobre su muslo.
—Me gusta todo lo que diga y haga mi Ama.
Hubo más crema, y ahora las caricias se centraron tanto en los huevos como en la polla de Ramón; no hicieron falta muchas para que aquello se pusiera a punto de caramelo.
—Tienes una buena herramienta. ¿Sabrás complacer a tu Ama?
—No hay nada que más desee en el mundo.
—Pues ya es hora de que empieces.
Pepi dio un pequeño azote con la mano a su chico, indicándole que se levantara. Ella dio un par de pataditas para descalzarse las zapatillas y se tumbó en la cama sin molestarse en quitarse el vestido, ni las medias, ni las bragas; solo se subió el vestido hasta la cintura y dijo:
—Venga, empieza.
Ramón se lanzó a devorar a su Ama como si le fuera la vida en ello. Empezó por los muslos, fuertes y torneados, y le encantó chuparlos, pero las manos de su Señora lo llevaron a las bragas: tenía urgencia, no estaba para preliminares. Le comió las bragas, y le encantó que estuvieran caladas —ella había disfrutado con la zurra, y bien—; se las apañó para bajárselas con los dientes, y apareció ante él el Sancta Sanctórum, la cueva sagrada de su Ama. Le encantó la mata de pelo rizado que se mostró ante él, tan fuerte y rizado como el de la cabeza, pero aquello no le impidió explorar y devorar cada milímetro. Le gustaba mucho ese sabor a almizcle, ese sabor a hembra… Penetró aquel coño con la lengua como si en ello le fuera la vida, lo que hizo que su jefa lo agarrara del pelo dándole auténticos tirones mientras le gritaba:
—¡SIGUEEEE! ¡SIGUEEEE! ¡CÓMETELO TODOOO! ¡DIOS, SÍÍÍ!
Fue cuando tuvo bien ubicado el clítoris cuando Ramón hizo más de lo que sabía: de manera instintiva supo que hacer tintinear aquel pequeño tejido iba a llevar a su Ama al paroxismo, y a fe que lo consiguió. Ella se quedó sin respiración, con los ojos abiertos y aferrada a los pelos de su sumiso; el volcán iba a estallar, y estalló. Gritó como una posesa sin importarle quién pudiera oírla; fue la mayor corrida de su vida con mucha diferencia. Pese a los intentos de su subordinado por tragarse todos esos líquidos espesos, no pudo con todo: le salían a borbotones. Parte cayó al colchón y parte quedó en los muslos; esto último sí que fue deglutido, a cuatro patas, literalmente.
—¡UAUUU, qué corrida! Vale ya, glotón, que te vas a atragantar.
—¿Le ha gustado, mi Señora?
—Ya sabes que sí, tontín, me ha encantado. Ven aquí, anda.
Ramón trepó hasta la cara de su Señora, que lo besó con ansia sin importarle que tuviera la boca llena de sus propios jugos. En aquel momento Pepi se dio cuenta de la tranca que tenía entre las piernas aquel hombre que se le había entregado sin reservas, y decidió que quería disfrutar de aquel trozo de carne; pero antes le haría sufrir un poquito más.
—¿Sabes que me ha encantado la cara que has puesto cuando me has visto con las zapatillas? Jajaja, se te ha quedado una cara… Habrás pensado: «¡pero si estas son las del archivo!».
—Síí, la verdad es que no daba crédito, jaja. ¿Pero cómo es posible?
—Pues resulta que me compré un número más, y como me están grandes, dije: mira, estas al archivo, que seguro que allí me hacen falta. ¡Y no me equivoqué! Jajaja.
—Síí, yo ya las probé, jaja.
De repente Pepi besó arrebatadoramente a Ramón, con ansia, y ambos rodaron por el colchón, uno encima y debajo alternativamente; los besos eran salvajes.
—Ahora quiero que me folles, ¿me oyes?
—Sí, Señora.
Pepi se levantó de la cama. Había perdido las bragas, pero aún seguía con el vestido; se lo sacó por la cabeza en un movimiento felino, se puso las zapatillas en chancla y conservó las medias, que no se quitó en ningún momento. Entonces, de una manera muy provocativa y sensual, se dobló sobre un escritorio que había junto a la ventana y dijo con voz ronca y mirada viciosa:
—Cómeme el culo.
—Sí, mi Ama.
Ramón se arrodilló detrás de su Ama, le pasó una mano por fuera de cada muslo y clavó nariz y boca en su culo. Tenía un culo rotundo, carnoso, sensual, salido hacia afuera, muy apetecible; lo penetró con la lengua, y Pepi dio un respingo que animó a su sumiso a seguir por ese camino. Apenas le daba tiempo a sentir el gusto y el olor de aquel maravilloso trasero. Le dieron ganas de morder una de aquellas apetitosas nalgas, pero el respeto y —por qué no decirlo— el miedo a su Ama lo disuadieron. Mientras él se afanaba por detrás, su Señora se afanaba por delante y empezó a masturbarse cada vez más frenéticamente: un dedo, luego dos, y acabó con tres. Su coño estaba tan mojado que pronto tuvo la mano bien lubricada para llevársela al agujero trasero. El trabajo que estaba haciendo Ramón con la lengua estaba siendo excelente, pero Pepi quiso más y se metió un par de dedos para lubricarse aún más el ano. Tras esto se puso de pie y dijo:
—Toma, chupa.
Los dedos quedaron limpísimos en la boca de aquel hombre, que no se habría cambiado en ese momento por ningún otro de la Tierra. No contenta con que le chupara los dedos, lo besó, le rodeó con una de sus piernas, le mordió la oreja, después el cuello, y le dijo al oído:
—Fóllame el culo, y sin miramientos.
—Sí, mi Ama.
Pepi apoyó los codos en la mesa y abrió un poco las piernas de una manera entre provocativa y obscena. La imagen que tenía Ramón delante era realmente fascinante y muy morbosa: su Ama ofreciéndole el culo para follarlo, unas medias sedosas a medio muslo y aquellas deliciosas zapatillas en chancla; esto último lo excitó aún más. La erección era descomunal. Apoyó el glande sobre la entrada del ojete de su Ama y fue introduciéndolo poco a poco; cuando iba por la mitad, aquello se estrechó de golpe, así que tuvo que empujar. Hubo un pequeño desgarro, pero se llegó al objetivo. Puso las manos sobre las caderas de su Ama a la vez que esta gemía y ronroneaba como una gata, echando la cabeza y el culo hacia atrás, buscando ser follada de forma brutal. Entonces empezó el mete-saca, al principio excitantemente lento. Pepi gozaba a más no poder, pero quería más, y empezó a exigírselo a su sumiso:
—¡MÁS! ¡MAAASSS! ¡MAAASSS! ¡DAME, DAME DURO! ¡AHHH, SÍÍÍ! ¡DIOS, SÍÍÍ!
—Señora, me voy a correr… Dioooos.
—Si te corres antes que yo, te mato, mmmm, ¿me oyes? Te matoooo.
—Sí, Señora, sí. ¡AHHH! ¡UUUU! ¡AYYY! ¡UHHH!
—¡Ahhh, síí, sigue, dámelo todo, amor, sí, sí, SÍÍÍ!
La corrida fue de nuevo espectacular, el flujo volvía a salir por el coño de Pepi, esta vez si cabe más espeso.
—Señora, ¿puedo? ¿Puedo correrme, mi Ama?
—¡Síííí!
La corrida de Ramón fue la mayor de su vida. Llenó el orificio de su Ama con su lefa, espesísima, caliente, blanca amarillenta; se la había estado guardando para su Ama y le salió toda de golpe. Aquello empezó a bajar por los muslos de Pepi, juntándose con el propio flujo de ella. Ambos quedaron derrengados sobre la mesa, tanto por el esfuerzo físico como por las emociones.
—Vamos a la ducha, anda, que vamos a llegar tarde a la presentación del curso.
—Ama, ¿quiere que le limpie todo esto? —dijo Ramón, dispuesto a arrodillarse para limpiarle a su Señora con la lengua.
—He dicho que a la ducha, viciosillo. ¿O quieres más zapatilla?
—No, no, no, mi Señora, ya he tenido bastante.
Se pegaron una ducha rápida e intensa; no solo se limpiaron todos los restos, sino que además volvieron a besarse y acariciarse, aunque con prisa, porque se hacía la hora. Mientras se secaba con la toalla, Ramón se dio cuenta de lo mucho que le dolía aún el culo. Se puso los slips haciendo muecas ante la divertida mirada de su Ama, y cuando se puso el pantalón el dolor fue a más; aún empeoró la cosa cuando empezó a andar camino del salón de actos: los muslos le hervían de puro dolor, era inaguantable. Entraron al salón, que estaba casi lleno. Ramón rezó para que no hubiera sitio y así no tener que sentarse, pero Pepi encontró dos asientos juntos, avanzó hacia ellos y se sentó. Miró a Ramón y le indicó con la mirada el asiento; él le hizo un ademán de que se quedaba de pie en el pasillo, pero su Señora dio dos golpecitos a la butaca con la mano derecha.
No había duda: aquello era una orden. Ramón avanzó por la fila con un dolor insoportable en el culo que se multiplicó cuando tuvo que sentarse junto a su Ama. Nada más rozar el terciopelo de la butaca se levantó por instinto, pero claro, de nuevo se tuvo que sentar. Iba a ser una hora muy, muy larga.
—¿Verdad que no me vas a mentir más, cielo? —dijo Pepi con media sonrisa.
—Nunca más, mi Ama. Nunca más.
Y el Ama sonrió, y acarició y besó la cara de su chico con cariño.
FIN