En Chequia hay un château del siglo XVI con una cruz torcida en la torre. Se llama Other World Kingdom (OWK) y abrió en los años noventa: un recinto privado donde se somete a hombres a cambio de dinero, con su propia moneda, sus pasaportes, su cárcel de celdas que se alquilan por horas. Se anuncia como un reino. Es una empresa. En 2008 lo pusieron en venta —unos ocho millones de euros, el precio de entonces—, y en los anuncios sugerían reconvertirlo en hotel, en restaurante, en residencia de ancianos. En 2016 la prensa checa dio por muerto el proyecto: las Damas y los esclavos habían dejado de acudir, la cruz de la torre se inclinaba cada año un poco más.
No murió. Sigue ahí, más modesto pero abierto: su web anuncia jornadas sueltas —un «día de azotes», por ejemplo— a las que se puede acudir para que una Dama contratada te castigue, y a las que también se puede ir solo a mirar, pagando la entrada. Se graban vídeos que luego se venden. Y de la misma matriz salió Womania Empire, fundada en 2016 por la misma reina, que sigue recaudando fondos para comprar un día su propio territorio y levantar allí un imperio mayor. El reino como negocio no cerró; se reorganizó en catálogo de eventos y productora de clips.
Cuento esto porque estos días alguien me ha preguntado qué me parece un sitio así. Y luego, al decir que no iría, me preguntó si a mí «con uno ya me vale». Me hizo gracia el comentario, la verdad. ¿Acaso parece poco tener un sumiso? ¿Eso afecta a mi valía como Ama?
Las dos preguntas son la misma pregunta. Las dos miden por acumulación.
Un reino FemDom convertido en negocio
El objetivo declarado del OWK es reunir tantas criaturas masculinas como sea posible bajo el mandato de las Mujeres, en tanto territorio como sea posible. Cuantas más, mejor. Cuanto más terreno, mejor. La dominación entendida como extensión: más hombres, más celdas, más metros cuadrados. En eso tienen razón: un imperio se mide en superficie.
¿El reino de quién? ¿Para quién? Los hombres pagan. La mujer trabaja. Un proyecto que se presenta como el imperio de las Mujeres y que funciona, mirado de cerca, como la fantasía que esos hombres vinieron a comprar. De qué estamos hablando entonces.
Merece la pena detenerse aquí, porque esto tiene nombre y el nombre engaña. Un sitio así se envuelve en el lenguaje del poder femenino —matriarcado, mandato de las Mujeres, la ginarquía como bandera— y ese envoltorio es justo lo que lo vende. Suena a que la mujer manda. Pero quien montó las instalaciones, quien fijó las tarifas, quien diseñó las celdas y quien las llena pagando la entrada es el mismo deseo de siempre, el masculino, solo que disfrazado de rendición. La ideología de poder femenino no está ahí para las mujeres. Está ahí para que el sumiso tenga un marco donde colocar su fantasía y sentirla más grande que él. He escrito antes sobre esto: cuando el «poder de las Mujeres» se convierte en una etiqueta que organiza el deseo del hombre, la mujer real ha desaparecido del cuadro. Queda su nombre en mayúscula y nada detrás.
«¿Con uno ya te vale?» mide lo mismo en pequeño. Da por hecho que esto va de número, de acumulación —y la acumulación no es intimidad, ni es lo que a mí me importa—. Que la autoridad de una mujer se cuenta como se cuentan las cabezas de un rebaño, y que tener uno es una versión pobre de tener muchos. Quien pregunta cuántos ya ha decidido de antemano qué soy: un servicio con un aforo.
No es una cuestión moral. Cada cual tiene sus fantasías y sus necesidades, y Yo no estoy aquí para señalar lo que está bien ni lo que está mal. Hablo desde mi posición como Mujer Dominante, de cómo vivo Yo la Dominación Femenina. Y lo que quiero analizar es qué se pone en marcha cuando el femdom se vuelve recinto fortificado. En cuanto hay instalaciones, tarifa, Damas que cobran y rotan y hombres que llegan de fuera, lo que se ejerce ahí ya no es un vínculo. Es una función. Se puede repetir, se puede facturar, se puede ampliar a más territorio. Y para mí el FemDom es, ante todo, un vínculo: todo lo que se puede ampliar a más territorio es lo contrario de lo que a mí me interesa.
Cuando la Dominante ejecuta un deseo ajeno
Lo he llamado otras veces el resort: un menú de prácticas con precio donde el sumiso elige del catálogo y la Dominante ejecuta lo elegido. El OWK es ese resort hecho piedra. Y el problema no es que se pague —cada cual sabrá—, es que invierte quién dirige. Quien paga, elige. Quien elige, manda. Donde el hombre trae el guion y compra su ejecución, la que sirve es ella. La forma dice dominación femenina; la estructura dice lo contrario.
Angela Carter y la dominación aparente
No soy la primera que lo dice. Angela Carter, en The Sadeian Woman1, se detuvo en una dominatrix profesional —la llama Miss Stern— para desmontar precisamente esto. Esa mujer parece dominar: empuña el látigo y castiga. Pero su crueldad, escribe Carter, no nace de su propio deseo ni de su propia gratificación; es la manifestación de la culpa del cliente ante su sexualidad, de la que se avergüenza. Ella ejecuta la fantasía que él ha traído. Y de ahí la frase que lo resume todo: «es cuando parece más dominante cuando está realmente más subordinada»2. Su poder existe solo en el dormitorio, y aun ahí es él quien lo ha encargado. Esto se escribió en 1979.
Que quede claro, porque es fácil que se llegue a falsas conclusiones: no estoy diciendo que una profesional no mande de verdad en una sesión. Manda. Decide cómo, cuándo y cuánto, impone límites, rechaza lo que no quiere hacer. Su autoridad dentro de la escena es real. Pero hay una pregunta anterior a esa escena: ¿quién ha decidido que exista? El cliente llega con su fantasía, la encarga y la paga; ella la ejecuta. Puede dominar cada minuto sin haber sido nunca el motivo de que ese minuto ocurra. Mandar dentro de la escena es una cosa; ser aquella por cuyo deseo la escena existe es otra muy distinta. Y a mí me interesa la segunda.
Lo curioso es que quienes admiran el OWK lo confirman sin proponérselo. Mistress Sidonia, que escribió sobre él con entusiasmo3, lo recuerda como una fantasía FemDom hecha realidad, un enclave gobernado por mujeres dominantes. Y en la misma página describe la maquinaria: detrás de la fachada había, con sus palabras, un negocio serio —un resort al que dominantes y sumisos de medio mundo pagaban por acudir, y donde se producían fotografías y películas para vender—. Ve exactamente lo que veo Yo. Solo que ella lo celebra como proyecto visionario y Yo lo uso para explicar por qué aquello no me interesa como Dominación. No discuto los hechos con ella; discuto si eso es Dominación o más bien fantasía de sumisión a la carta.
Lo que me interesa crece hacia dentro
Porque lo que a mí me interesa no crece hacia fuera. Crece hacia dentro.
Un hombre al que conozco, en una habitación sin público, sin celda que alquilar y sin nadie mirando, obedeciendo algo que solo tiene sentido entre él y Yo: eso no cabe en ningún château. No porque sea más pequeño, sino porque no es de la misma naturaleza. El OWK puede tener doscientos cincuenta metros de pista oval y una mazmorra en el sótano. No tiene lo único que aquí importa, que es que él sea ése y Yo sea ésta, y que lo que pasa entre los dos no le sirva a nadie más. Esa experiencia no la comparo con nada.
Eso es lo que quiero decir cuando digo que para mí el femdom es algo íntimo. No lo digo como quien elige lo pequeño por timidez. Lo digo como una frontera. Lo íntimo es lo que queda del femdom cuando le quitas el público, la tarifa y lo intercambiable. Un vínculo no se define porque ocurra en privado, sino porque ninguno de los dos puede ser sustituido sin que deje de ser ese vínculo. Y lo que queda no se puede visitar.
El OWK sí. Tiene fechas, entrada y espectadores. Lo mío no tiene calendario ni taquilla. No tiene dirección.
Quien pregunta cuántos sigue midiendo hacia fuera. Para mí, uno no es poco. Es uno.
ScheherezadeDom
1: Angela Carter, The Sadeian Woman: An Exercise in Cultural History, Virago, Londres, 1979. El pasaje sobre Miss Stern está en el «Polemical Preface».
2: En el original: «she is most truly subservient when most apparently dominant» (Carter, The Sadeian Woman, Polemical Preface). La traducción es mía.
3: Mistress Sidonia, The Other World Kingdom, en su blog.